Un hombre con chaleco amarillo se sube sobre una mesa y pide silencio en medio de un barullo de botiquines, heridas y reparto de ayuda. Todos callan y él grita, uno tras otro, distintos nombres. Son la gente que no encuentran. «Que nadie se asuste, hay otros pabellones», dice después, desde uno de los habilitados en Urda . A la mesa de quienes buscan desaparecidos en papeles no deja de llegar gente. «Solo quiero saber si está aquí», les dice una mujer a las otras seis que apuntan a los que entran y salen, coordinadas por un militar. Fuera, una joven suspira. No logra contactar con sus padres, que iban en uno de los trenes accidentados. Cuando el hombre termina de enumerar apellidos el pabellón vuelve a moverse. Efectivos del equipo médico militar preparan material, enfermeros curan las heridas de quienes tienen la ropa cubierta de sangre y los voluntarios se acercan a preguntar quién necesita asistencia o a repartir algo de comida. Ancianos del pueblo se congregan en los exteriores del pabellón. Algunos despertaron esta mañana con el sonido de ambulancias y supieron que algo había pasado. Después llegaron a sus oídos las noticias y saben que el día va a ayudar mucho y molestar lo menos posible. Quienes estuvieron en el tren cuentan, todavía sin casi creerlo, cómo sintieron un frenazo. Sostienen sus maletas con vendajes en la cara y piernas magulladas, algunos tumbados en colchonetas para hacer frente a los mareos. Hay decenas de personas, aunque a algunas, las más graves, se las llevaron en ambulancia.Fernando iba en el sexto vagón del AVE y dice que ha vuelto a nacer. Una de sus piernas le falla al caminar y se sostiene la cabeza con una mano mientras aguarda a que lleguen los hijos de su compañero de trabajo, con quien viajaba, para llevarlos a Madrid. «He salido volando por el pasillo y de repente estaba en el suelo, solo he pensado en que pasara. He visto cómo se llevaban a gente muerta y a un chico que creo que le han quitado el brazo», recuerda, de esos momentos difusos. Quienes intentan ayudar en ocasiones se detienen, como si no supieran qué hacer entre tanta tragedia, a pesar de que aquí se encuentran los supervivientes. Algunos lloran porque no encuentran a sus conocidos y otros se abrazan porque sí lo hacen. Reina el caos de las cosas que pasan de imprevisto, pero quienes necesitan una cura la reciben y cuando piden un altavoz para que las órdenes se eleven sobre las voces de la mayoría, en unos cuantos minutos llega. Los conocedores del inglés se ofrecen a traducir a los turistas que viajaban y no entienden la lengua del país que pisan, como una mujer griega que parece haberse roto la clavícula y no puede evitar los nervios al no entender ni saber explicarse.Atención a los heridos en Urda Natalia LoizagaPaola sí que comprende lo que pasa. Es mexicana y acudía a España para recorrer el sur. De Madrid a Sevilla era su primera parada, pero eso ya ha quedado atrás. Ahora agradece estar viva y la labor de la Guardia Civil. «Estábamos parados y al poco de empezar a movernos volvió a frenar. Caímos y nos golpeamos pero salimos solos del tren porque éramos de los últimos vagones», relata, mientras gritan más nombres de buscados. «Lo más espeluznante, de película de terror, es la vía del tren atravesando dos vagones del AVE y saliendo por el techo. Mi hijo, que iba más adelante, vio por donde se metía la vía atravesando asientos, pero no quiso mirar porque vio un señor por un lado y alguien atrapado que no sabe si estaba vivo o no», añade. Luego llegaron los cuerpos de seguridad, las ambulancias y, después, los vecinos que acudían con sus coches.MÁS INFORMACIÓN noticia Si El TSJ activa cinco equipos para agilizar la investigación del accidente ferroviario de Urda noticia Si Así ha sido el accidente: el AVE embistió al Iryo, que estaba parado noticia Si Los agricultores aplazan la tractorada por los altos costes tras el accidente de tren: «El gasoil mañana va a seguir igual» noticia Si «Trágico», «devastador», «tragedia espantosa»: los líderes europeos reaccionan al accidente de UrdaEl farmacéutico de Urda es uno de ellos, que recogió a un Iñaki que viajaba por trabajo y terminó en el vagón del Iryo que se despeñó. Espera a su preocupada esposa solo, en una silla junto a su maleta, con la camisa blanca llena de sangre roja. «El golpe son segundos pero lo que ves fuera es peor», cuenta, de ese momento en el que el tren iba cayendo. Minutos después, ella ya está en sus brazos y le susurra al oído mientras lo abraza. Parece tranquilo pero él lo achaca a una adrenalina que aún no ha desaparecido y teme una primera noche de recuerdos de tragedia.Renfe cuenta con el Plan de Asistencia a las Víctimas de Accidentes Ferroviarios y a sus Familiares a través del número 900 10 10 20. Iryo ha habilitado el 900 001 403. El Servicio de Emergencias 112 de Castilla-La Mancha ha activado el 900 122 112.
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