Novecientos años después de su muerte, Urraca I de León volvió esta semana a reinar simbólicamente en Madrid. La reina que en el siglo XII tuvo que defender su derecho al trono frente a nobles, clérigos y hasta frente a su propio marido recibió una ofrenda floral ante su estatua del Paseo de las Estatuas del parque del Retiro, en un homenaje organizado por la Casa de León en Madrid. La escena tiene algo de justicia histórica: una mujer que durante siglos quedó atrapada en las crónicas que la juzgaron por ser mujer vuelve ahora al centro del relato precisamente por haber ejercido un poder que en la Europa medieval estaba reservado casi exclusivamente a los hombres.
Urraca I no fue una reina consorte. Tampoco una regente que ocupara provisionalmente el trono mientras un hombre alcanzaba la edad para gobernar. Fue reina por derecho propio. Hija de Alfonso VI y de Constanza de Borgoña, heredó la corona de León en 1109 y gobernó hasta su muerte, en 1126. La Universidad Complutense la identifica como la primera mujer de la Edad Media que pudo ejercer el poder regio de pleno derecho en la Península, y el Archivo Histórico Nacional destaca su condición de primera mujer reina por derecho propio en la historia de Europa.
Ese matiz cambia completamente la historia. Urraca no llegó al poder porque faltara temporalmente un hombre que lo ocupara. Llegó porque era la heredera legítima. Su padre había intentado encontrar un sucesor varón y llegó a tener un hijo con Zaida, pero la muerte de Sancho, nacido de esa relación, dejó a Urraca como heredera. Cuando Alfonso VI murió en 1109, fue ella quien recibió la corona. El Archivo Histórico Nacional recuerda precisamente las dificultades que tuvo que afrontar por su condición de mujer, incluso después de haber sido reconocida como heredera.
Y entonces comenzó su verdadero combate
La política medieval no estaba preparada para una mujer que no quisiera limitarse a ser la esposa de un rey. Para resolver la sucesión y las tensiones políticas de la época, Urraca contrajo matrimonio con Alfonso I de Aragón, conocido como el Batallador. Pero aquel enlace no convirtió a Urraca en una simple consorte. La pareja terminó enfrentada y el matrimonio fue anulado. El Museo de León explica que tanto obispos como aristócratas presionaron para que compartiera el trono con un varón y que, pese a esas presiones, Urraca defendió su soberanía y ejerció el poder de forma plena.
La historia de aquel matrimonio está llena de violencia, intrigas y luchas de poder. Las fuentes institucionales y divulgativas coinciden en que Urraca tuvo que enfrentarse a una formidable oposición política y a las pretensiones de Alfonso el Batallador. La Biblioteca de la UCM señala que su reinado estuvo marcado por dificultades derivadas de su condición de mujer y por las tensiones con su segundo marido.
No es extraño que terminara pasando a la historia con un sobrenombre que dice tanto de su época como de ella: la Temeraria. Un calificativo que puede leerse hoy como una condena escrita por cronistas de un mundo que no estaba acostumbrado a que una mujer discutiera de igual a igual sobre poder, territorio, alianzas y guerra. El Instituto Cervantes destaca precisamente cómo las crónicas de su tiempo estuvieron condicionadas por la misoginia y cómo su figura quedó durante siglos oscurecida entre la memoria de su padre, Alfonso VI, y la de su hijo, Alfonso VII.
Urraca, sin embargo, gobernó
Gobernó durante diecisiete años, tomó decisiones políticas, administró sus territorios, impartió justicia y defendió su autoridad. Su muerte también está marcada por una singularidad. Falleció el 8 de marzo de 1126, hace exactamente nueve siglos, en Saldaña. La fecha coincide hoy con el Día Internacional de la Mujer, una sincronía histórica que ha contribuido a recuperar su figura y a devolverla al debate cultural. Tras su muerte, su hijo Alfonso VII heredó el trono.
La estatua que la representa forma parte de la célebre serie de esculturas de monarcas concebida en el siglo XVIII para decorar el Palacio Real. Entre 1743 y 1748 se realizaron 114 esculturas destinadas originalmente a la balaustrada del palacio. Posteriormente, fueron desmontadas y distribuidas por distintos lugares. La de Urraca llegó al Retiro en 1847 y hoy forma parte del Paseo de la Argentina, conocido popularmente como Paseo de las Estatuas.
La escultura la muestra de cuerpo entero, cubierta por manto y capa. Con una mano recoge el manto y con la otra sostiene un escudo en el que aparece representado, supuestamente, su primer marido, Raimundo de Borgoña, padre de su heredero. En el pedestal puede leerse una inscripción sencilla y rotunda: «D. URRACA / Mº. Aº DE 1126». La pieza fue restaurada en 1997.
Hay algo profundamente simbólico en que esta mujer, que tuvo que pelear por ser reconocida como soberana en el siglo XII, haya terminado formando parte de una galería monumental de reyes en el corazón de Madrid. Entre las estatuas que la acompañan aparecen otros monarcas de la historia medieval hispánica. Pero Urraca ocupa allí un lugar excepcional: no está porque fuera esposa de un rey. Está porque ella misma fue reina.
Casa de León en Madrid
Y precisamente ante esa estatua se celebró este jueves la ofrenda floral de la Casa de León en Madrid. El acto se integró en una jornada dedicada a reivindicar la historia leonesa y a debatir sobre el futuro de la provincia. La Casa de León quiso así unir dos tiempos: el de una soberana del siglo XII que tuvo que defender su autoridad y el de una comunidad leonesa que mantiene en Madrid un espacio de identidad y encuentro.
La elección del lugar tampoco es casual. La Casa de León en Madrid nació en 1951 para reunir a los leoneses residentes en la capital. Sus primeros pasos estuvieron vinculados al Teatro Albéniz y posteriormente tuvo sede en el paseo de Recoletos antes de instalarse en la calle del Pez. La documentación histórica sitúa en 1951 la creación de la institución y en los años cincuenta su traslado a la actual sede.
La propia Casa de León se ha convertido durante décadas en una suerte de embajada cultural leonesa en Madrid: un lugar para la literatura, la música, las tradiciones, la gastronomía, la memoria y también para discutir qué quiere ser León. Esa vocación explica que el homenaje a Urraca no haya sido únicamente una ceremonia ante una estatua, sino una reivindicación de una historia que, como ocurre tantas veces, necesita que alguien vuelva a contarla para que no quede enterrada bajo siglos de polvo.
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