Pasaban las 22.00h de aquel 26 de agosto de 1990 cuando Antonio y Emilio Izquierdo, que habían salido de casa a «cazar tórtolas» , se presentaron en Puerto Hurraco, pequeña pedanía pacense de no más de 100 habitantes. Como tantas otras noches, el mayor pasatiempo allí era tomar el fresco. Las temperaturas apretaban y la mejor receta en los pueblos extremeños era —y sigue siendo— sacar una butaca a la calle y rodearte de vecinos. Los que, entonces, se congregaban cerca de la casa de la familia Cabanillas jamás podrían haber imaginado que estaban a punto de contemplar uno de los episodios más siniestros de la historia de España. Aquellos dos hombres, con armas y munición para tumbar un ejército, empezaron a disparar acabando con la vida de dos niñas de 13 y 14 años y otras siete personas. Por puro odio. Por pura venganza . «Yo ya he vengado la muerte de mi madre. Ahora que sufra el pueblo», llegó a afirmar Antonio Izquierdo a uno de los agentes que le detuvo. La masacre dejó una cifra imborrable en la memoria de los extremeños: 202. Es el número de cartuchos con el que los hermanos Izquierdo cargaban. Todo con un único cometido, el de hacer el máximo daño posible a una familia y a un pueblo que odiaban por encima de cualquier otra cosa. Aquella veraniega noche de agosto apretaron el gatillo —una y otra vez— y fueron interceptados horas después mientras descansaban bajo un árbol en pleno monte. No se arrepentían. No tenían remordimientos. Tenían la tranquilidad y el alivio de haber ejecutado el plan con el que soñaron durante años.Los hermanos Izquierdo fueron detenidos mientras descansaban bajo un árbol: no se arrepentían, sentían tranquilidad y alivio Todo, de hecho, empezó mucho antes con un conflicto de lindes, de tierras. Como bien explica el criminólogo Enrique Díez de Baldeón, es una de las principales causas que suelen motivar crímenes en entornos rurales, donde las «viejas rencillas nunca superadas» alimentan durante años un «patológico y visceral deseo de venganza». El enfrentamiento se agrava de forma irreversible en 1967 cuando Amadeo Cabanillas rechaza casarse con Luciana Izquierdo . Su hermano, Jerónimo, no lo acepta y acaba apuñalando hasta la muerte a Amadeo.Antonio Izquierdo, uno de los asesinos, en el momento de su detención por la Guardia Civil. Luciana y Ángela Izquierdo, hermanas de los asesinos de Puerto Hurraco. Emilio Izquierdo, durante el juicio. Con la herida todavía abierta, en 1984, se produce un incendio en la casa de los Izquierdo, donde acaba muriendo la matriarca de la familia, Isabel. Nunca se llegó a determinar la autoría de aquel fuego, pero los Izquierdo siempre responsabilizaron de aquella muerte a los Cabanillas. Apenas dos años después, en 1986, Jerónimo sale de la cárcel e intenta asesinar a Antonio Cabanillas, que sobrevive pese a recibir varias puñaladas. El mayor de los Izquierdo ingresa en un psiquiátrico hasta su muerte.El odio no se apagó con los años . Al contrario. Fue creciendo. Hasta el verano de 1990. Antonio y Emilio se armaron hasta los dientes y llegaron a Puerto Hurraco. Primero, dispararon a bocajarro contra Antonia y Encarnación Cabanillas, dos hermanas de 14 y 13 años. No hicieron distinción. No centraron su «venganza» en quienes habían protagonizado las viejas disputas, fueron mucho más allá. «Una vorágine de violencia incontrolable entre víctimas y verdugos», que, según el criminólogo, representa «una de las páginas más negras de la España profunda».Díez de Baldeón sitúa el caso dentro de un patrón más amplio de violencia en el medio rural , donde pueden confluir conflictos económicos, disputas por tierras, envidias y enfrentamientos familiares. En Puerto Hurraco, «la tierra, las lindes y el odio entre familias» terminaron formando un cóctel sangriento y explosivo.Después de la condenaEmilio y Antonio Izquierdo fueron condenados a largas penas de prisión. Ambos terminaron muriendo entre rejas: Emilio en 2006 y Antonio, que se suicidó, en 2010. Sus hermanas Luciana y Ángela, señaladas durante el proceso como posibles instigadoras , fueron absueltas de los crímenes, aunque permanecieron internas durante años en el hospital psiquiátrico de Mérida. Las dos, curiosamente, murieron en 2005.Mientras la familia Izquierdo iba desapareciendo, Puerto Hurraco se quedaba, seguramente para los restos, con una etiqueta imposible de borrar. El pueblo quiso pasar página. El silencio de los vecinos, que permanece en la actualidad, fue la forma de protegerse frente a lo ocurrido: «Este silencio, lejos de contribuir al olvido de esta masacre, se convirtió más bien en un mecanismo de autoprotección y hermetismo», sostiene. Un mecanismo de defensa frente a un trauma colectivo que dejó «insondables consecuencias» y que, según Díez de Baldeón, puede relacionarse con la «amnesia disociativa o amnesia psicógena».Lo que es seguro es que 36 años después Puerto Hurraco sigue cargando con la larga sombra que dejó aquella noche. Alguien que siempre entendió a la perfección lo que significó para Extremadura fue Guillermo Fernández Vara. El expresidente, fallecido el pasado año, fue el forense a cargo del caso.Él fue quien realizó los informes psiquiátricos de los hermanos Izquierdo. Siempre transmitió la misma idea sobre ellos. Una idea que, todavía hoy, tanto tiempo después, sigue helando la sangre: «Eran conscientes de las consecuencias». Y, de hecho, nunca, jamás, mostraron arrepentimiento. En el juicio, Emilio admitió que Puerto Hurraco «era un pueblo malo» y que «al fin, madre está vengada». Estaban plenamente satisfechos.
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