El último señuelo del Gobierno pasa por una ley de ‘lobbies’, teóricamente para garantizar el juego limpio y la transparencia entre el sector privado y la administración pública; con eso andan ensuciando el buen nombre de unos y otros. En España –frente a lo que es usual fuera– llamarte lobista supone calificarte de seudodelincuente, o espabilado en busca de privilegios. Lo que ha sido cierto en la práctica, porque los mayores lobistas del reino los ha tenido dentro el PSOE trabajando para el sanchismo. No es ya el ‘lobby’ seudoencubierto de Pepe Blanco, o el de Gaspar Zarrías y tantos arrimados, sino el lobby secreto de Leire Díez, de Begoña Gómez, de Santos Cerdán o los amaños contractuales de Ábalos: la extracción ilícita de los recursos estatales para beneficio personal. ¿Y qué otra cosa ha hecho Zapatero dentro y fuera de nuestras fronteras?, de Madrid a Venezuela o Bolivia y ya veremos si también con parada en Pekín. Lobismo, para no usar aquí los tipos fijados en el Código Penal. En todo caso, el señuelo conlleva una trampa. La Sala de Máquinas del director El canal de Whatsapp de Julián QuirósÚnete aquíAprobar una ley de ‘lobbies’ da pie a Sánchez a inventarse en la precampaña que las irregularidades de los suyos ocurrieron por una laguna legal, un descuido, y que gracias a él no volverán a repetirse. También esto es falso, pero así echa balones fuera mientras meten miedo a cuenta de los «lobos solitarios» vestidos de toga.
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