Desde hace varias semanas, en la calle más leída de Madrid el trasiego de los lectores que buscan primeras ediciones, ejemplares descatalogados o simplemente gangas que ya hayan hecho disfrutar a otros se mezcla con el ruido de las lijadoras, los sprays de pintura y los martillos. Las centenarias casetas de la Cuesta de Moyano, con la que solo pueden rivalizar los buquinistas de París, prácticamente ya lucen como a principios del siglo XX: con su pintura gris azulada impoluta y unos nuevos toldos anaranjados listos para proteger a estos libreros callejeros de las inclemencias de un verano que parece nunca acabar. El Ayuntamiento de Madrid ha invertido 120.000 euros no solo para renovar el aspecto de los 30 puestos, sino también para mejorar su eficiencia energética y algunos problemas estructurales. La renovada postal de este rincón de la capital, además, se verá internacionalmente, pues es una de las localizaciones de la capital en las que está trabajando el equipo técnico de la película que Woody Allen rodará a partir de octubre en la ciudad. Las reformas comenzaron a principios de julio y acabarán, previsiblemente, a mediados de octubre. «Aunque las casetas están quedando muy bonitas y se está recuperando la forma y el color original de la fachada y los toldos, que son muy característicos, no es solo una reforma estética», apunta Carlos Castrejón, presidente de la Asociación de Libreros de la Cuesta de Moyano, sobre los puestos diseñados hace ya más de un siglo por el arquitecto municipal Luis Bellido. «Era también una necesidad estructural. Las lluvias torrenciales, los episodios de calor extremo de los últimos años estaban acelerando el deterioro normal de una fachada de madera, que se estropea mucho por la lluvia y por el sol. Además, por ejemplo, el sistema de aislamiento entre caseta y caseta estaba muy deteriorado y ha habido que impermeabilizar todos los techos. También se han protegido los muros traseros, donde también teníamos filtraciones. Y los tolos estaba muy deteriorados y ya no protegían ni de la lluvia ni del sol, muchos calaban. Así, además, se adapta la feria a las necesidades de sostenibilidad y ahorro energético; porque al tener toldos nuevos, por ejemplo, vamos a necesitar menos ventiladores», añade este librero, que enumera también otras cuantas mejoras que han realizado en la parte que no se ve de la cuesta, los baños comunes y las rampas de desagüe del pasillo que linda con el Jardín Botánico. «Hay mucho trabajo detrás y al final, como ocurre en las casas, se han hecho mejoras importantes para que la feria pueda durar cien años más». Marta Rivera de la Cruz, delegada de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid, ha destacado que estas mejoras las van a notar «muchísimo» los trabajadores de las casetas, «pero también los visitantes»: «De hecho, ya están viniendo, sacando fotos y comentándoles lo bien que están quedando. Por tanto, ganan los libreros, que tienen unas condiciones duras de trabajo, sometidos al frío, al calor, la lluvia… pero también gana el paisaje urbano», añade. Atrás quedan esos años en los que las casetas, réplicas de las que hubo que demoler en 1986 por su avanzado estado de deterioro, amanecían vandalizadas, llenas de grafitis que había que limpiar una y otra vez. Además, todos estos trabajos se han desarrollado, cuenta Castrejón, sin cerrar la única feria permanente de libros al aire libre de la capital, declarada a principios de este año por la Comunidad de Madrid Bien de Interés Cultural en la categoría de Patrimonio Inmaterial. «Nosotros nos hemos adaptado a la obra, era más fácil que hacerlo al revés. Lo que estamos haciendo es intentar, si tardan dos días por caseta, adaptar nuestros días libres. Nos hemos coordinado para que la reforma sea lo menos invasiva posible», explica el portavoz de los libreros. Teniendo en cuenta que en la Guerra Civil solo cerraron los puestos quince días al inicio del conflicto, una reforma no les iba a hacer bajar la persiana. Solo lo consiguió la pandemia. «Por otro lado, el verano no es nuestra época de más afluencia de público, por el calor y porque muchos madrileños están de vacaciones. Ellos siguen siendo nuestra principal clientela», añade.Arriba, Carlos Castrejón, presidente de la Asociación de Libreros de la Cuesta de Moyano, en su caseta. A la izquierda Ignacio GilEstas novedades, admite Castrejón, son además una forma de recordar a los madrileños que siguen ahí, abiertos todos los días de la semana. «Hemos trabajado mucho con la asociación Soy de la Cuesta para renovar nuestro público, porque la gente más mayor nos conoce, pero hay que enseñar a los jóvenes que estamos aquí y que este es el mejor lugar para encontrar libros de segunda mano. Es difícil que te vayas sin algo entre los cerca de 200.000 libros que podemos tener aquí entre todos», presume este librero, que consiguió su caseta en 2023, en una de las últimas adjudicaciones. Ahora, añade, hay tres puestos cerrados, pero la Junta de distrito ya está poniendo en marcha un nuevo concurso para ocuparlas «a finales de este año o principios del que viene». A vueltas con el caféLa Cuesta de Moyano, parte del Paisaje de la Luz, no abandona tampoco su intención de contar con un café en el que poder, además, realizar pequeños eventos culturales. La Unesco desaconsejó su puesta en marcha el año pasado, pero desde el área de Cultura admiten que las conversaciones y el trabajo en conjunto con Icomos (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, el órgano asesor en materia de patrimonio) continúa «con el propósito de hacerlo realidad». «Las casetas son parte de la memoria cultural de Madrid, de la historia de Madrid. Yo no concibo esta zona sin la Cuesta de Moyano, no podría estar en otro sitio, y creo que parte del peso que tiene es que está precisamente aquí. Esto no es exportable, como en París los buquinistas. Y para mí es, también, una parte importante del Paisaje de la Luz», zanja Rivera de la Cruz.
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