De pronto, como si nada, como si todo, Andrés Roca Rey se perfiló frente a un toro cercano a los seis años, con dos astifinos puñales, con dos alfileres que no eran de colores, sino dos puntas negras como la noche. Pasaban las agujas de las ocho y media cuando el limeño arrojó la muleta y se tiró a matar a cuerpo limpio. Brutal el impacto, con casi treinta mil pupilas frotándose los ojos mientras se quebraba la cuerda que ataba el reloj del tiempo. Inexistente entonces, con un latido coral de los tendidos: pum-pum, pum-pum. Qué dos bemoles hay que tener para volcarse a sangre y fuego, con el corazón por delante. Moisés, del palco, se desabotonaba la camisa: «¡El puto amo, el puto amo!», mientras recordábamos la tarde en la que Iván Fandiño, al que tanto admira Roca, se tiró a matar sin muleta en ese Bilbao donde se eleva una estatua en su honor, con ese ramo de flores de su ahijado Álvaro donde se leía una frase inmortal: «Nunca caminarás solo». Solo nunca camina Roca, que convocó una legión de seguidores en Vista Alegre, donde es el auténtico Rey. Una riada humana inundó el coso, con un entradón histórico, un cartel de ‘No hay billetes’ que no se colgaba desde 2011 con Ponce, El Juli, Perera y toros de Victoriano del Río, la misma divisa que en esta ocasión. Decepcionó en conjunto la corrida, pero no la imponente taquilla ni un imponente Roca Rey. Tremendo de principio a fin, mereció ser aupado por la puerta grande; sin embargo, al señor presidente le pareció que jugarse la vida contra tantos elementos no era suficiente. Allá él: el huracán Roca Rey arrasó. Lloviznaba a la salida del tercero, un calabobos que hizo abrir paraguas y chubasqueros. Pero el vendaval no paraba, con el capote como una bandera. Con un solo pitón peleó en el peto Esperón, aún por definir, con más movilidad que entrega. Claro lo vio el limeño y se plantó en el platillo por saltilleras, soplando con más fuerza que cualquier vendaval. Se dolió en banderillas el victoriano y echó la cara arriba en la lidia, con brusquedad. Al abrigo de las tablas tuvo que marcharse en el prólogo, con cinco estatuarios, la firma y el de pecho. Cinco metros más allá del tercio, lo cosió en redondo con la mano baja. Y otra serie intensa de media docena, que hizo que asomara el moquero blanco para que arrancase la música. Una vela en medio del océano era la franela, pero con la tela a rastras, más a rastras todavía, gobernó la embestida, con su casta y carbón, y aguantó el parón en el de pecho. Rotundo. Imposible de domeñar a izquierdas, con la tela convertida en un pañuelico. Qué difícil era torear así. Con inteligencia improvisó la espaldina y el molinete invertido hasta meterse en terrenos ojedistas con raza de mandamás. En todas las direcciones. Hundido a milímetros del toro, con un invertido templadísimo. Pleno de quietud. A cuerpo limpio acabó con un desplante su soberbia obra. La estocada desató la pañolada que pedía con fuerza atronadora las dos orejas, pero don Matías, que tan protagonista le gusta ser, fue contra la masa. Y los miles que abarrotaban los tendidos se quedaron con las ganas de aupar a hombros a su ídolo. Y no sería porque el peruano no lo intentara con absoluta disposición también en el serio sexto, que brindó de nuevo al público en correspondencia a su cariño, a los kilómetros recorridos. Las dos rodillas por tierra echó en una explosiva apertura, con dos pendulares que pusieron la plaza en pie. Buscó la templanza en la primera ronda, pero, ¡ay!, el castaño cantó la gallina. Hasta los medios se lo llevó y lo imantó a las telas en redondo, pero en el remate otra vez quiso pirarse. Por la zurda el toro ya dijo que nones descaradamente. Y otra vez que Eolo soplaba con virulencia, sin poder dominar los engaños. ¿Engaños? «Aquí está mi verdad», pareció decirle Roca al toro. Y se volcó en la suerte suprema sin muleta. Desnudo, vacío de tanta entrega. Otra oreja paseó. De gala la ovación tras el paseíllo a Diego Urdiales por el recuerdo de su maravillosa tarde de hace un año. Por Soleares toreó entonces y así se llamaba el primero. Con compás dibujó las chicuelinas del quite, con una airosa serpentina. Y eso que el viento incomodaba una barbaridad. Tuvo el gesto de brindar a Enrique Ponce, torero de Bilbao por los siglos de los siglos. Iba y venía el de Victoriano con sus opciones, aunque sin terminar de entregarse, a veces algo por dentro. Tuvieron sabor los naturales, de más armónico dibujo que ajuste. Eso sí, con la espada, un cañón: tanto se atracó que cayó contraria. Se recreó luego con el cuarto, de más querer que poder. Tan a gusto se hallaba que quiso exprimir su calidad hasta el final y se anotó un aviso mientras algunos ya se impacientaban. Soberbio el volapié. Corridas Generales de Bilbao Coso de Vista Alegre Jueves, 27 de agosto de 2026. Cuarta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victoriano del Río, variados, sin terminar de romper. Diego Urdiales, de nazareno y oro: estocada contraria con derrame (leve petición y saludos); estocada (saludos tras aviso). Alejandro Talavante, de sangre de toro y oro: pinchazo y estocada perpendicular (palmitas); estocada (silencio). Andrés Roca Rey, de pizarra y oro: estocada (oreja con fuerte petición de otra y bronca al palco), estocada sin muleta y descabello (oreja).De capotazo en capotazo Alabardero en varas, donde acusó su contado empuje. Pero tenía dulzura y Talavante cató su zurda con suavidad, con varios naturales lentificados. Casi al paso acabó pasando. Con un farol saludó al quinto, que no lo puso fácil con los palos. Derrapó en el primer muletazo y echó las manos por delante, a la defensiva por su justa fortaleza. Ni un enfermero hubiese sostenido a Amante, al que envió de regreso con Cupido de una buena estocada. Otra vez fallaba el toro, con la expectación que había. El que no falló fue el huracán Roca en una tarde de coloso.
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