¿Quién depreda al depredador? Porque un nuevo hallazgo acaba de demostrar que, en los incipientes mares del Cámbrico de hace unos 520 millones de años, ni siquiera los mayores cazadores podían vivir tranquilos. La prueba acaba de aportarla un fósil extraordinario de Amplectobelua symbrachiata, un superdepredador de la época que, extrañamente, muestra una gran herida, ya cicatrizada, producida cuando ‘alguien’ le propinó un tremendo mordisco en el costado. Alguien, sí, ¿pero quién?El ataque se produjo en una época en la que la vida en la Tierra ensayaba sus formas más insólitas . En aquel ecosistema, los ‘radiodontos’, el grupo al que pertenece nuestro protagonista, eran los amos absolutos de las aguas. Se trata de un extraño cruce entre un calamar y una langosta gigante, una criatura que hoy, sin duda, nos parecería un ‘alienígena’. Estos artrópodos, hoy extintos, lucían dos apéndices fuertemente armados en la parte frontal de la cabeza, perfectamente diseñados para atrapar y despedazar a sus presas. Además, poseían una inconfundible hilera de aletas natatorias a los lados, que disminuían progresivamente de tamaño hacia la cola.Mientras que las presas más comunes, como los pequeños y acorazados trilobites, medían apenas unos centímetros, los mayores especímenes de Amplectobelua symbrachiata podían alcanzar casi el metro de longitud. Puede que hoy, acostumbrados a las ballenas modernas, no nos parezca gran cosa, pero en el Periodo Cámbrico esa envergadura te convertía en el equivalente a un gran tiburón blanco. Eran los colosos indiscutibles de un mundo en el que aún no existían los gigantes.Una herida desgarradoraLas aletas natatorias de los radiodontos eran blandas y carnosas, motivo por el que resulta extremadamente raro encontrarlas fosilizadas. Sin embargo, un equipo de investigadores asiáticos halló recientemente una aleta aislada en la Formación Yu’anshan, en China. El yacimiento es un lugar excepcional donde el fango primitivo preservó de forma milagrosa incluso los tejidos blandos de los animales.Se trata de un insólito cruce entre un calamar y una langosta gigante, que dominaba como rey absoluto los mares de hace 520 millones de añosTras contactar con el paleontólogo Stephen Pates, del University College de Londres y experto mundial en lesiones de criaturas extintas, los investigadores comenzaron a estudiar la aleta a fondo. Su tamaño original indica que perteneció a un animal que rondaba entre los 23 y 35 centímetros de largo. Pero lo verdaderamente fascinante era una extraña muesca en forma de ‘W’ en el borde del apéndice. Se trata de una incisión de casi 16 milímetros, exactamente el tipo de perfil geométrico que dejan dos colmillos al rasgar la carne de una dentellada.Herida cicatrizada que demuestra el ataque al depredador. Kunsheng Du y Wei LiLa prueba de los rayos XPero en ciencia, la simple imaginación no basta. ¿Cómo estar seguros de que aquello era un mordisco y no un simple daño sufrido durante los millones de años que la roca estuvo enterrada? «Queríamos descartar que se hubiera roto durante el proceso de fosilización», explica Pates.Lo que dio la pista definitiva a los científicos fue una extraña muesca en forma de ‘W’, exactamente el tipo de marca que dejan dos colmillos al desgarrar la carnePara confirmarlo, sometieron la pieza a un mapeo por fluorescencia de rayos X. Y el veredicto fue muy claro: la zona de la herida estaba recubierta de calcio, fósforo, níquel y manganeso, en claro contraste con la roca circundante, compuesta de hierro, silicio y aluminio. «Esto nos dice que probablemente sea una aleta que se conservó así desde el principio, en lugar de haber sido alterada más tarde», confirma el científico británico.Y aún hay más. Bordeando la incisión en forma de ‘W’, los sensores detectaron una franja oscura inconfundible. Una cicatriz en toda regla. «En los artrópodos modernos se observa esta melanización, este oscurecimiento alrededor de las áreas donde se están regenerando -señala Pates-. Creo que podemos estar bastante seguros de que esto sucedió mientras el animal estaba vivo». Y de que logró sobrevivir para contarlo.¿Quién muerde al rey?Cientos de probables heridas por mordedura han sido localizadas en fósiles de trilobites, pero ellos ocupaban el eslabón más bajo de la pirámide alimenticia. Pero encontrar un daño así en un ‘superdepredador’ radiodonto es algo histórico. «Nunca habría esperado ver algo semejante preservado en el registro fósil», confiesa Pates.Alrededor de los bordes del misterioso mordisco, los investigadores detectaron una banda oscura, un claro síntoma de cicatrización y regeneración celularEl hallazgo, presentado en la plataforma científica BioRxiv , plantea un último enigma: ¿Cuál fue la criatura que se atrevió a atacarlo? Algunos sugieren con cautela que los artrópodos suelen lastimarse al cambiar de exoesqueleto, y que con un único espécimen, no no se pueden descartar otras causas para la herida.Pates, sin embargo, se decanta por la estadística matemática: «No se puede descartar, pero es un equilibrio de probabilidades». Una herida de muda suele ser un desgarro lineal y aleatorio, mientras que esa perfecta forma de ‘W’, ubicada justo en la zona por donde el animal intentaría huir, delata una agresión. «Para nosotros, la mejor interpretación de esta lesión es un ataque depredador».Si él era el superdepredador de su ecosistema primitivo, ¿qué terrible y desconocida criatura fue capaz de atacarlo y de arrancarle un pedazo?Según el estudio, el asaltante bien pudo ser el gigantesco lobopodio carnívoro Omnidens, o quizá otro radiodonto más grande en un claro acto de canibalismo. Lo que está claro es que esto demuestra, por primera vez, la existencia de ‘bucles tróficos’ de alto nivel hace 520 millones de años (como cuando hoy vemos a una orca cazar a un gran tiburón blanco). Incluso en la lejana aurora de la vida compleja, hasta el mayor de los cazadores siempre podía convertirse en presa.
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