«Salve al crooner (cantante masculino de baladas) conquistador», titulaba ‘Time’ en septiembre de 1984. La influyente revista estadounidense resumía así el triunfo de un español, Julio Iglesias, cuya creciente popularidad traspasó el ámbito hispano hasta llegar al corazón y a todos los rincones del país norteamericano. Julio vendió millones de discos, se aupó a lo más alto de las listas de éxitos y es, sin duda, el español más famoso en la nación más poderosa de la Tierra. Hasta ahora.Un catalán, Álex Palou (29 años), piloto de Indycar, amenaza ese reinado histórico del artista gallego. Precisamente es de la parcela deportiva en la que ejercen su profesión los otros dos españoles más populares en Estados Unidos: un tenista, Rafa Nadal, y otro piloto, en este caso de Fórmual 1: Fernando Alonso. Palou lleva casi una década acumulando triunfos, su fama acelera a toda velocidad y está a punto de adelantarles. Álex lleva un lustro firmando en Estados Unidos una de las trayectorias más brillantes que ha visto nunca el automovilismo español. Su nombre es Álex Palou , nació en Sant Antoni de Vilamajor —un pueblo de menos de 7000 habitantes en la comarca barcelonesa del Valles Oriental— y este domingo conquistó en Milwaukee su quinto campeonato de la IndyCar , el cuarto consecutivo y el quinto en las últimas seis temporadas. Un dominio abrumador sin precedentes recientes en la categoría y que lo encumbra directamente al selecto grupo de los más grandes de la historia.Conviene aclarar qué acaba de ganar, porque la magnitud de la hazaña se pierde si uno no está familiarizado con el campeonato. La IndyCar es la máxima categoría de automovilismo de monoplazas en Estados Unidos —el equivalente americano a la Fórmula 1—, célebre por sus circuitos ovales donde se rueda a más de 300 kilómetros por hora a centímetros de los muros y donde un error no se paga con una excursión por la escapatoria, sino con un violento accidente. Con cinco títulos, Palou se convierte en el tercer piloto más laureado de una competición con más de un siglo de historia: solo el legendario A.J. Foyt, con siete, y el neozelandés Scott Dixon, con seis, le miran por encima del hombro.Su historia empieza como tantas: con un niño y una pasión desmedida por los karts . Palou se subió a uno por primera vez a los seis años y ya conquistó el título en el circuito donde disputó su temporada de debut. A los siete acabó tercero en el Campeonato de España y, con solo ocho, ya se coronaba campeón alevín y se alzaba con la Copa de Campeones en categoría cadete. Cosechó un total de seis títulos de karting —entre los que destaca la WSK Euro Series — antes de dar el salto a los monoplazas con apenas diecisiete años.La parte que distingue su carrera de las demás es la económica. Palou nunca contó con la liquidez ni con el respaldo institucional o comercial que acompañó a otros talentos. Pasó por la Euroformula Open, por el Campeonato de España de Fórmula 3, por la GP3 y por la Fórmula 2… pero, según se le iban cerrando las puertas europeas, tomó una decisión casi inédita para un piloto español: poner rumbo a Japón . A doce mil kilómetros de casa y con una cobertura mediática bajo mínimos, compitió en la F3 japonesa, en el Super GT y en la Super Formula, donde finalizó tercero en 2019 y se proclamó Novato del Año . Aquel éxito, conquistado en el anonimato, le cambió la vida para siempre.Desde Japón le llegó la oportunidad de dar el salto a América, donde tras despuntar como novato en un equipo modesto como Dale Coyne Racing en 2020, dio el salto definitivo al ser reclutado por Chip Ganassi . En la estructura estadounidense arrancó un dominio histórico al coronarse campeón de la IndyCar en 2021 —el primer español en lograrlo— y revalidar el título consecutivamente en 2023, 2024 y 2025 ; un curso glorioso este último en el que redondeó su hegemonía con cinco victorias iniciales y el legendario triunfo en las 500 Millas de Indianápolis tras superar a Marcus Ericsson en las instancias finales, convirtiéndose en el primer piloto nacional en beber la emblemática leche del vencedor en el óvalo más famoso del mundo.No todo han sido vítores, y esa es la parte más humana de su historia. En 2022, Palou llegó a subirse a un Fórmula 1 —sustituyó a Daniel Ricciardo durante unos entrenamientos libres con McLaren en Austin— y firmó con la escudería británica como piloto reserva, bajo la promesa de un futuro asiento en la máxima categoría. Un año después, rompió el acuerdo para seguir en la IndyCar. Zak Brown, jefe de McLaren, lo hizo público con dureza: «Palou no tiene intención de cumplir su contrato». El desacuerdo acabó en los tribunales y un juez condenó al catalán a pagar más de diez millones de dólares. El pasado mes de julio el conflicto se cerró , con la escudería ganando la batalla legal y Palou reconociendo que estudiaría sus opciones de disputa junto a sus asesores. Lejos del asfalto, la faceta más personal de Álex Palou está íntimamente ligada al automovilismo de base y al impulso de las nuevas generaciones. En el centro de esa estructura se encuentra su padre, Ramón Palou, quien dirige Palou Motorsport , un proyecto deportivo y empresarial fundado por el propio piloto catalán con el objetivo de allanar el camino a jóvenes talentos que buscan hacerse un hueco en las categorías inferiores en Europa. Consciente de las inmensas barreras económicas e institucionales a las que tuvo que enfrentarse en sus inicios, el pentacampeón de la IndyCar concibió esta escudería como una plataforma de desarrollo integral para que promesas con recursos limitados puedan competir en igualdad de condiciones. De este modo, aquel joven que arrancó su trayectoria en los circuitos locales de karting ha cerrado el círculo, poniendo su experiencia, infraestructura y visibilidad internacional al servicio de la cantera del motor.Un título en dos actos y bajo la lluviaEl desenlace, propio del protagonista, contó con más calculo que épica. La lluvia había partido el fin de semana en dos: la primera carrera del óvalo de Milwaukee, prevista para el sábado, quedó suspendida tras 91 vueltas —las últimas 27 bajo bandera amarilla— porque no hubo forma de secar la pista antes del anochecer. Así que el domingo hubo que correr dos veces. En la prueba del mediodía, Palou salió desde la pole, mandó a ratos, se quedó sin ritmo en el tramo final y acabó quinto; ganó el mexicano Pato O’Ward y, sobre todo, Kyle Kirkwood remontó desde la vigesimocuarta posición hasta la sexta, lo justo para aplazar la fiesta: la renta subió a 97 puntos, once menos de los necesarios. Tres horas después, en la reanudación de la carrera del sábado, al catalán le bastaba con terminar vigésimo. Fue décimo . Campeón sin necesidad de arriesgar un solo adelantamiento. «Increíble, no sé qué decir. Estoy muy orgulloso de este equipo. Hoy fue un día muy complicado para nosotros, pero se siente fenomenal: otro campeonato, y preparados para el siguiente», dijo al bajarse del coche.Llegará a Laguna Seca , la última cita del año, con cien puntos de ventaja y nada que demostrar. Ha ido construyendo, madrugada a madrugada, una carrera que merece mucho más eco del que ha tenido: la de un piloto que se fue solo a Japón, que se reinventó en América y que hoy se codea con los mitos de una categoría centenaria. Fernando Alonso abrió en su día el camino de la fascinación española por Indianápolis; Palou lo ha recorrido entero y ha plantado su bandera en la cima. Su historia, sencillamente, merece ser contada.
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