Hay vocaciones que nacen de una revelación, de una película que te cambia la vida o de ese instante romántico en el que uno sale del cine y descubre qué quiere ser de mayor. Otras, se van revelando de una manera mucho menos solemne, en mitad de la vida cotidiana, como a Álvaro Morte. El actor creció con las historias muy cerca, aunque no precisamente por una epifanía cinematográfica: sus padres tenían un videoclub en una parte de la casa que daba a la calle y que utilizaban como si fuera un local. Tenía la libertad de ver ‘E.T.’, ‘Los Goonies’, ‘Superman’ o ‘Encuentros de la Tercera Fase’ y aquello le enganchó hasta el punto de querer dedicarse a ello. Parte de la culpa también la tiene el ‘1, 2, 3’, pero eso es otra historia. Aquél niño gaditano que miraba el televisor obnubilado hoy recoge un premio por su trayectoria en el South International Series Festival, en su tierra. «Soy extremadamente joven, que conste», suelta bromeando. Álvaro Morte empezó a trabajar pronto y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Ha ido encadenando proyectos en televisión, cine y teatro. Una carrera envidiable ya de por sí para muchos. Su pareja bromeaba con que el gran pelotazo ya no le llegaría, esas cosas, decía, les ocurrían a los veinteañeros. Pero llegó. Y vaya si llegó. ‘La casa de papel’, una serie que pasó por Antena 3 sin pena ni gloria, encontró una segunda vida en Netflix y terminó convirtiéndose en un fenómeno internacional que cambió la dimensión de su carrera. No fue una resurrección, porque Morte llevaba años trabajando, pero sí una auténtica consagración popular, que le permitió convertirse en el Profesor más famoso de la ficción española, dar el salto a los escenarios internacionales con su debut en el West End de Londres con la obra de teatro ‘Barcelona’ y ponerse en la piel de Adolfo Suárez en ‘Anatomía de un instante’. Ahí es nada. «Jamás imaginé la carrera que tengo, pero sí tenía la convicción de que tarde o temprano tenía que llegar algo . Pensaba que lo que llegaría sería sobrevivir con cuatro trabajos esporádicos y dos capítulos aquí y una intervención en una obra de teatro en una sala alternativa allá y poder pagar cada fin de mes», aseguraba.Morte es también hijo de su tiempo, incapaz de levantar un muro entre lo que sucede a su alrededor y lo que ocurre sobre el escenario o delante de una cámara. No vive en una burbuja ni se parapeta en la trinchera del oficio, entiende que las historias que cuenta no son ajenas al mundo que habita porque sin quererlo, vuelve a ellos, a sus personajes, en este caso a Suárez. «En el encuentro clandestino entre Adolfo Suárez y Santiago Cárdenas, ambos vienen de estar en las antípodas del universo político de aquel entonces. Necesitaban sentarse y hacer un esfuerzo por entenderse y llegar a un punto por el bien común. Creo que hoy vamos luchando un poco más por nuestros propios méritos que por el bien común. Hay un ansia de poder por destruir al que tenemos delante , que no sé hasta qué punto es lo que más nos conviene en estos momentos. En aquella generación, dentro de que hicieron cosas también muy mal, algunos políticos sí que tuvieron la intención verdadera de intentar que las cosas nos fueran a todos mejor». La ficción ayuda, sí, puede iluminar, ofrecer perspectivas y hasta canalizar ciertas inquietudes a través de un personaje, pero nunca servir de evasión ni de refugio frente a la realidad. Morte cambia el tono cuando habla de la dictadura de lo inmediato, de la urgencia permanente que parece impedirnos detenernos a pensar. «No podemos refugiarnos, creo que lo que está pasando es tan terrible que yo no me refugio en mi carrera como actor para que me proteja de todo lo que está sucediendo. No lo hago ni espero llegar a hacerlo nunca. Tenemos que estar muy conectados y tenemos que salir del refugio. Tenemos que reaccionar. Lo que no puede ser es que estemos haciendo ‘scrolling’ y que pasemos de ver unas imágenes de unos niños mutilados en Palestina a pasar a un anuncio de un restaurante y de ahí volver a pasar a unos refugiados en Sirios o pasar a un anuncio de unas vacaciones en Italia», reconocía. La vida urge y por eso Morte reconoce la necesidad de volver a poner el foco en lo urgente. «Hemos perdido la perspectiva de lo que verdaderamente es importante y lo que no. Creo que nadie debería refugiarse para evitar el conflicto actual que estamos viviendo. A nivel humanitario, creo que estamos perdiendo los valores, la perspectiva y las prioridades».¿Y qué urge? El arte. Para Morte, que la cultura sirva para paliar el dolor no es una frase bonita ni un tópico al que agarrarse en tiempos difíciles, sino una realidad . El arte no siempre puede cambiar lo que sucede fuera, pero sí puede ayudar a atravesarlo, a ponerle palabras a lo que duele y, por un instante, a sentirnos menos solos. «Sirve es para entendernos a nosotros mismos. Nos hace analizar cómo enfrentarme a una emoción que no acabo de entender escuchando una pieza musical que me emociona. Hace que me pueda conectar con lo que pasó hace años en los alrededores de Madrid, en los fusilamientos que retrató Goya . El arte y la cultura es lo que nos hace como somos, lo que nos conforma como sociedad y lo que nos une». El actor está seguro de que la situación política actual pasará, habrá otros problemas, diligentes, no sabemos si mejores o peores, y que lo único que quedará será la cultura. «Dentro de dos siglos nadie va a estudiar si un político dijo esto o aquello, va a estudiar lo que han hecho los Javis con ‘La bola negra’, las películas de Almodóvar, el Peine del Viento de Chillida. Nos vamos a quedar con lo artístico, el poso de lo humano… Eso es lo que hay que mantener. Conectarnos con nuestra esencia como sociedad y desde el más humanista es lo que precisamente puede ayudarnos». ¿Y siente Morte responsabilidad por el hecho de dedicarse a la interpretación? «Prefiero no asumirla [risas], soy un artista y yo canalizo, procuro también dejar un poso artístico no por cómo vaya a afectar a otras personas, sino porque siento que necesito expresar eso y tengo la capacidad de poder hacerlo. Creo que todos llevamos ese arte dentro, aunque no todos tenemos la formación necesaria para poder enfrentarnos al propio arte. Hay gente que no necesita expresar ningún tipo de arte, pero disfruta consumiendo otros tipos de arte».
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