Mi sobrinos Salud y Santi se casaron el sábado pasado en Sevilla. Fue un bodón de categoría. Todo salió a pedir de boca. El único pero fue que a la novia se le fue la mano a la hora de llevarle huevos a Santa Clara y el cielo acabó obsequiándonos con un sol de justicia. A treinta y cinco grados, el jardín donde se celebró el festejo se convirtió en una freiduría de cogotes. Encaramadas a sus tacones de aguja, las mujeres lograron cruzar el suelo adoquinado sin percances reseñables. Casi todas lucían vestidos de tirantes, escotes fresquitos y faldas bien ventiladas. Algunas afortunadas, además, llevaban sombreros que parecían sombrillas de diseño. La mayoría de los hombres, en cambio, resignados a inmolarse por combustión espontánea, deambulaban por el recinto con chaqueta y corbata. Los cuellos de las camisas presionaban sus cuellos como torniquetes y de sus frentes lustrosas manaban arroyos de sudor que amenazaban con desembocar en las bandejas de las viandas. Menos mal que las gambas llevaban gabardina. A las cinco horas de baño turco cometí lo que para la inquisición de las buenas maneras constituyó un crimen de lesa etiqueta: me quité la americana. La doblé con pulcritud sobre el respaldo de una silla, conservé los gemelos en los ojales de los puños y mantuve el nudo de la corbata ceñido a la nuez, como una muestra de decoro. Como buen mamífero racional preferí oxigenar mis órganos vitales antes que ser evacuado por los servicios de emergencia. Al verme en mangas de camisa no tardó en personarse el tribunal de garantías protocolarias, presidido por mi propia hija. Me miró, horrorizada, como si fuera un espontáneo que acabara de saltar al albero de la Maestranza. Su voz sonó con una severidad casi eclesiástica. Me dijo que le estaba faltando al respeto a la novia y me conminó a que volviera a ponerme la chaqueta inmediatamente. Intenté explicarle que la verdadera falta de consideración hacia mi nueva sobrina –de probado sentido común y modelo ejemplar de buen juicio– consistía en destilar churretes de sudor, exhibir cercos oscuros en los sobacos o permitir que el temblor espasmódico de un golpe de calor acabara por precipitarme contra las bandejas del jamón, que por cierto era magnífico. Le argumenté que la elegancia jamás ha sido una condena penal ni un concurso de resistencia física y que ventilar las axilas cuando el mercurio le ha ganado la batalla al desodorante es un acto elemental de cortesía sanitaria. Fue en vano. Vivimos instalados en una paradoja civilizatoria que consagra la primacía del envoltorio sobre la persona. Si el afecto a los recién casados se mide por la cantidad de vapor de agua que sus seres queridos son capaces de condensar bajo la sisa, sugiero que las futuras invitaciones sustituyan el clásico código de vestimenta por una tabla de hidratación intravenosa. Pincho de tortilla y caña a que solo así evitaremos que los invitados, cuando saluden a los novios, parezcan salmonetes al horno.
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