Desde hace un tiempo hay una pregunta que me ronda. Aparece después de ciertas conversaciones, al leer algunos artículos, en una sobremesa, en un camerino, después de un estreno. A veces incluso mientras escucho a personas a las que admiro. La pregunta tiene que ver con la posición política dominante en mi sector profesional, eso que, simplificando bastante, podríamos llamar la izquierda comprometida.Conviene aclarar algo: no escribo esto desde la otra orilla. No he tenido ninguna revelación ni vengo a contar que por fin he visto la luz mientras los demás siguen dentro de la caverna. Procedo del mismo mundo que estoy intentando mirar críticamente. Comparto muchos de sus valores y seguramente sigo interpretando la realidad desde bastantes de sus categorías. Cuando hablo de nosotros, hablo de nosotros de verdad. Quizá precisamente por eso me preocupa.Soy dramaturgo y hay una cosa que el teatro te obliga a hacer: intentar entender a personas con las que probablemente no tomarías un café. Cuando escribes un personaje no puedes limitarte a decidir que es malo y ya está. Eso no significa justificarlo, significa comprenderlo. Y esa diferencia, que en el teatro nos parece elemental, curiosamente se vuelve mucho más difícil de aceptar cuando entramos en política. Podemos pasar meses intentando entender las razones de Medea, de Ricardo III o de un padre de familia monstruoso y, sin embargo, ser incapaces de concederle una sola razón atendible al vecino que vota distinto.En nuestra pequeña república cultural encuentro una enorme coincidencia no solo de valores, sino también de diagnósticos. Hay acontecimientos sobre los que parece que sabemos qué pensar antes de conocerlos del todo. No me sorprende que tengamos un marco mental. Todos lo tenemos. Lo que me preocupa es otra cosa. ¿Qué ocurre cuando la realidad deja de encajar en nuestro marco? ¿Cambiamos el marco? ¿O empezamos a recortar la realidad hasta que vuelva a caber? ¿Por qué exigimos matices para nuestros personajes y se los negamos a nuestros adversarios? ¿Por qué la duda, que en el arte consideramos una señal de inteligencia, se convierte en política en una especie de debilidad moral?Sospecho que hemos confundido demasiadas veces tener principios con tener siempre razón. Y no es lo mismo.El mundo de la cultura tiene mucho de familia. Nos conocemos, discutimos, nos recomendamos, celebramos los éxitos de los nuestros y cerramos filasDe entrada, existe una explicación bastante poco ideológica para todo esto: la familia. El mundo de la cultura tiene mucho de familia. Nos conocemos, discutimos, nos recomendamos, celebramos los éxitos de los nuestros y cerramos filas cuando sentimos que alguien viene de fuera a atacarnos. Esa identidad tiene sus razones. La cultura lleva mucho tiempo sintiéndose observada con desconfianza por una parte de la sociedad. Somos, según el tópico, los subvencionados, los que no producen nada tangible. El problema empieza cuando la familia deja de protegernos y empieza también a pensar por nosotros.SectarismoPor otra parte, en nuestro ámbito ha arraigado la idea de que la cultura no es únicamente un espacio de exploración estética, placer o conocimiento, sino también un territorio político. Él, entonces, debe mantener también una determinada disciplina política. Entonces la familia se convierte en tribu. Y la tribu evita una de las experiencias más desagradables que existen: quedarse solo. La verdad, en cambio, es bastante peor compañía. A veces te obliga a reconocer que una persona que te cae fatal tiene razón en algo. O que alguien de los tuyos acaba de decir una estupidez. ¿Cuánto frío estamos dispuestos a pasar? Porque enfrentarse al adversario sale barato. Lo difícil es llevarle la contraria a los tuyos.Buena parte del sectarismo nace ahí: cuando el coste emocional de revisar nuestras ideas se vuelve mayor que el coste intelectual de deformar los hechos. Exigimos pruebas rigurosísimas cuando una noticia perjudica a los nuestros y nos volvemos súbitamente crédulos cuando confirma lo que ya pensábamos. No hace falta mentir. Basta con mirar disciplinadamente.Exigimos pruebas rigurosísimas cuando una noticia perjudica a los nuestros y nos volvemos súbitamente crédulos cuando confirma lo que ya pensábamosHay otra palabra que utilizamos muchísimo: compromiso. Somos artistas comprometidos. Cultura comprometida. Teatro comprometido. Perfecto. Pero ¿comprometidos con qué? En nuestro caso la respuesta parece clara: con quien está abajo. Con el desfavorecido. Y creo que hay que tomárselo en serio. Conozco demasiada gente sinceramente preocupada por la desigualdad o el sufrimiento como para reducirlo todo a una pose. Ahora bien, hay que hay que decidir quién es el desfavorecido. Y para eso ya no basta con tener buen corazón. Hace falta interpretar la realidad.Crisis de CeutaDurante las últimas décadas hemos aprendido a leer muchos conflictos a través de categorías históricas de dominación: colonizador y colonizado, mayoría y minoría, hombre y mujer, centro y periferia. Una herramienta útil que, con cierta vocación gramsciana, ha terminado por aspirar a convertirse en plantilla universal. Y ahí empieza el problema: dejamos de preguntar «¿qué está pasando aquí?» para preguntarnos «¿quién es el oprimido aquí?».Y una vez repartidos los papeles, empieza la función.Algunas formas de sufrimiento llegan acompañadas de un relato que conocemos bien. Sabemos contextualizarlas, explicar sus causas y dirigir nuestra solidaridad a aquellas que nuestro marco está preparado para reconocer. Otras nos dejan más desorientados o son directamente ignoradas o, incluso, negadas.En Ceuta la sensibilidad progresista ha identificado rápidamente una víctima evidente: el inmigrante marroquí que cruzaba la fronteraTal vez el compromiso más difícil no sea ponerse del lado de las víctimas, sino reconocerlas cuando llevan el uniforme equivocado.La reciente crisis fronteriza de Ceuta es un ejemplo. La sensibilidad progresista ha identificado rápidamente una víctima evidente: el inmigrante marroquí que cruzaba la frontera. Había buenas razones: proceden de situaciones precarias y han sido utilizados por su Gobierno como instrumento de presión política. Pero al otro lado de la frontera hay también personas. Una ciudad que ha visto alterada de golpe su vida cotidiana. Hay miedo. Comercios cerrados. Padres que no pueden llevar a sus hijos al colegio. Mujeres que no se atreven a salir solas a la calle.No es que estos compatriotas hayan desaparecido del discurso progresista. Pero duran poco en el centro de la imagen. Yo hablaría de una jerarquización de la empatía.De esa distribución previa de los papeles se deriva otra consecuencia que me resulta especialmente perturbadora: la indulgencia diferencial. Una vez que hemos situado a alguien en la casilla del oprimido, parece producirse una extraña dificultad para atribuirle plenamente la responsabilidad de sus actos.Ejemplos incómodosLos ejemplos son incómodos, pero precisamente por eso conviene mencionarlos. Robos, agresiones, comportamientos violentos, delitos sexuales: cuando el autor pertenece a alguno de los colectivos previamente identificados como víctimas, no es infrecuente que la condena venga acompañada –y a veces prácticamente sustituida– por una inmediata búsqueda de contexto: pobreza, exclusión, racismo, desarraigo, falta de oportunidades, herencia colonial…Porque el contexto parece adquirir un curioso comportamiento político. Cuando explica la conducta de quienes hemos situado entre los desfavorecidos, se convierte en una exigencia de comprensión. Cuando alguien intenta explicar mediante circunstancias sociales determinadas conductas de los grupos que consideramos privilegiados, sospechamos enseguida que está buscando una excusa.Y quizá ahí haya algo más profundo que el temor a «hacerle el juego a la derecha», expresión que por sí sola merecería otro artículo. Quizá exista una convicción íntima según la cual el responsable último de la conducta reprobable del oprimido nunca es enteramente el oprimido. Detrás de él está la pobreza que lo empujó, el racismo que lo excluyó, la frontera que lo rechazó, el colonialismo que precedió a su nacimiento o, en último término, ese inmenso personaje fuera de escena al que llamamos Occidente.El Primer Mundo acaba compareciendo, así como una especie de culpable metafísico. Se produce entonces una paradoja que debería incomodarnos especialmente a quienes pretendemos defender la igualdad. Porque, llevada demasiado lejos, esa indulgencia contiene una forma involuntaria de paternalismo. Si considero que un individuo adulto es plenamente capaz de decidir, desear, amar, trabajar, emigrar, rebelarse y reclamar derechos, pero en cuanto comete un acto que desapruebo comienzo a explicarlo fundamentalmente como producto de fuerzas que lo exceden, ¿hasta qué punto sigo considerándolo un sujeto moral completo? Dicho de una manera menos académica: si para respetarte necesito considerarte menos responsable de tus actos que a mí mismo, quizá no te esté respetando tanto como creo.Tal vez el compromiso más difícil no consista en ponerse del lado de las víctimas. Tal vez consista en reconocerlas cuando llevan el uniforme equivocado.Podemos sostener dos cosas al mismo tiempo. Las circunstancias importan. Y las personas son responsables de lo que hacen. Haber sufrido explica cosas, pero no borra la responsabilidad. Ahí empieza normalmente el buen teatro. Quizá también debería empezar ahí una política adulta.Y entonces regreso a la pregunta inicial. ¿Por qué personas inteligentes, sensibles y acostumbradas a trabajar con la complejidad humana pueden aferrarse políticamente a esquemas tan simples?La primera respuesta es poco heroica: porque simplificar da gusto. Pensar cansa. Y pensar contra uno mismo cansa todavía más. La realidad está llena de excepciones y contradicciones. Encima tiene la desagradable costumbre de concederle ocasionalmente la razón a personas que habíamos decidido que eran idiotas. Un marco ideológico nos ahorra parte de ese trabajo. Nos dice qué mirar, dónde colocarnos y con quién. Frente al incómodo «depende», nos ofrece un «esto es así». Frente a la incertidumbre, certeza. Frente a la soledad del juicio propio, comunidad.Calor de las causasLas causas abrigan. Pero creo que en el mundo de los creadores de ficción existe además otra dificultad; vivimos profesionalmente de creer durante unas horas en cosas que sabemos que son mentira. Ponemos cuatro sillas sobre un escenario y decidimos que aquello es Dinamarca. Nuestro trabajo exige una enorme disponibilidad para imaginar. Incluso cierto candor. Un niño mira una caja de cartón y ve un barco. Nosotros hacemos algo parecido. Miramos un escenario vacío e imaginamos un país. El teatro nace precisamente de esa negativa a aceptar que la realidad sea solamente lo que tenemos delante. También necesita algo de adolescencia. Esa época en la que todavía parece posible cambiar el mundo entero y en la que las injusticias son intolerables en vez de inevitables.Bendita adolescencia.La disonancia surge cuando utilizamos las herramientas con las que imaginamos mundos posibles para interpretar el mundo real. Porque la ficción necesita sentido. La realidad no. Nosotros buscamos protagonistas, antagonistas, conflictos y desenlaces. Pero la historia no tiene dramaturgo. Quizá por eso buena parte de la izquierda cultural se siente cómoda dentro de un relato con una estructura casi teatral: hubo una injusticia original, hay grupos que la padecen, otros que se benefician de ella y queda pendiente una tarea colectiva de emancipación.Es un relato poderoso. Y seguramente contiene una parte de verdad. El problema empieza cuando necesitamos que contenga toda la verdad. Entonces, aquello que no encaja se vuelve molesto: lo ignoramos, le concedemos menos importancia o lo contextualizamos hasta volverlo irreconocible.Y así regresamos al comienzo. A la familia, a la tribu, al calor agradable de sabernos rodeados de personas que ven el mundo como nosotros. A ese marco mental coherente, confortable, moralmente satisfactorio y, por qué no decirlo, bastante guapo.Guapo, sí. Pero equivocado.
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