Este domingo el Bernabéu acoge un nuevo partido de fútbol americano, que organiza la NFL con el buen hacer de Rafa de los Santos, su general manager en España. Esta vez los equipos contendientes son dos clásicos de la liga: los Falcons de Atlanta, como locales, reciben a los Bengals, un equipo con sede en la histórica ciudad del medio oeste americano de evocador nombre.
La ciudad de Cincinnati fue fundada en 1788 a orillas del río Ohio, en el suroeste de ese mismo Estado. Recibió su nombre en honor a la Sociedad de Cincinnati, una organización patriótica que se formó tras la Guerra de Independencia alrededor de la figura de George Washington, considerado una versión moderna del héroe romano Lucio Quinto Cincinato.
Este personaje, al que se conoce bien por los escritos de Tito Livio, fue un cónsul que hasta tres veces salvó a la República en el siglo V a. C. Pero lo que convirtió a Cincinato en una referencia del buen gobernante y del servidor público fue su desapego respecto del poder y de los honores del cargo; y en que, después de cumplir con los encargos del Senado, renunciaba a los poderes que le habían otorgado y se retiraba discretamente al otro lado del Tíber para cultivar sus campos.
¡Casi lo mismo que ahora! Esta semana, sin ir más lejos, hemos tenido el episodio de Óscar Puente convirtiendo su obligada renuncia en un repulsivo ejercicio de engaño y soberbia, realizado en prime time y desposeído de cualquier atisbo de humildad o contrición. Ya resultó enervante ver y oír a Puente decir que renunciaba por dignidad y empatía con las víctimas; después de estar 9 meses desde Adamuz, y ahora toda una semana, negándose a asumir ninguna responsabilidad; después de ocultar la inoperancia de los sistemas de seguridad y de cargar el accidente al error de un empleado del centro de control y a la vez que decía que, aunque su jefe no sabía nada, él tenía decidida su dimisión desde el primer momento.
Pero aún resulta más patético asistir al ejercicio de cinismo y desesperación del Gobierno y del partido socialista poniendo en valor el gesto del ya ex ministro, al que, sin embargo, han tenido que llevar al matadero tirándole del ronzal y dándole palos con las previsiones de las encuestas. No todos somos iguales es ahora su grito de guerra. ¡Eso también lo pensaba yo una vez que viajé a México con Claudia Schiffer sentada en el asiento contiguo!
Pero la historia de Cincinato puede servirnos para algo más que ser contrarreferencia del comportamiento indecente y mezquino de Óscar Puente. La última vez que el prócer romano fue requerido por el Senado fue para enfrentar una conspiración contra la República promovida por Espurio Melio, un político populista que seducía al pueblo, que lo exaltaba indecorosamente, a base de dádivas y regalos. Cincinato repitió la jugada: después de salvar la situación, devolvió los fasces (que representaban el imperium) y tomó de nuevo el arado.
Es por eso que ha quedado como símbolo de la renuncia sincera y del desinterés por el poder, que no es una propiedad o un derecho, sino que hay que ejercerlo temporalmente y siempre en servicio de la comunidad; y es por eso que los Padres Fundadores de la democracia estadounidense reconocieron esas virtudes de Cincinato en el comportamiento de Washington, que se negó a conservar el poder y que, tanto después de finalizar la guerra como después de sus dos mandatos presidenciales, se retiró tranquilamente a su granja en Mount-Vernon.
Haciendo el casting entre nuestros políticos, no se necesitan muchas pistas para repartir esos papeles. Ahora no tenemos una república, pero sí una democracia liberal, en el formato de una monarquía parlamentaria, que está siendo debilitada en sus instituciones, atacada en sus principios y corrompida en sus recursos. La gravedad del momento exige la llegada de un político serio, firme y honrado; alguien con sólidos principios y experiencia de gestión; con una ambición contenida y que no tenga otra aspiración que regresar a su feudo habiendo cumplido con su deber.
Que el papel de Espurio Melio, el aspirante a dictador, es para Pedro Sánchez lo tienen claro todos los españoles; tanto los que no le votan como los que, ya sea por clientelismo, impudicia o puro sectarismo, vuelven a apostar por él. Es difícil encontrar, no sólo en nuestra corta historia democrática, sino incluso en la de las democracias occidentales, un gobernante que haya mentido y manipulado tanto, que haya traicionado los principios y quebrantado las normas de forma tan explícita, pero, sobre todo, que lo haya hecho con tan grave y patológica ambición de mantenerse en el poder.
El avión Falcon en que se mueve Sánchez se ha convertido en la imagen de esa avidez por el cargo y el estatus, y en ejemplo de la utilización indebida de los bienes y prerrogativas de su cargo. Lo siento por el equipo de Atlanta, pero no nos podemos quitar la pedrada política y el domingo hay que estar con Cincinnati.
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