138 días después de aquel 23 de junio, Julián Álvarez no pudo vencer a su «sueño» . El delantero argentino, que durante el pasado Mundial no ocultó su deseo de cambiar el Metropolitano por el Camp Nou, vivió un partido con más sombras que luces en un desesperado intento por apaciguar su relación con una grada que, en sintonía directa con las sensaciones que deja sobre el césped, no le ha perdonado todavía.Los instantes iniciales reflejaban con fidelidad el momento que atraviesa la relación entre el jugador y la afición. Una tímida, pero evidente pitada resonó por el estadio tras ser anunciado su nombre por megafonía, mientras una espesa nube de humo blanco —provocada por una bengala— flotaba sobre un escenario engalanado para la ocasión con un espectacular tifo inspirado en la célebre canción de Los Rodríguez: «Mi dulce condena».Apenas pasaron cinco minutos cuando Julián ofreció el primer motivo de debate a una hinchada expectante. Tras un rebote afortunado, encaró a Joan García en un mano a mano con muchos metros por delante para correr y, sobre todo, para pensar. Con el murmullo de fondo, la galopada se alargó más de la cuenta en la mente del delantero y el exceso de reflexión le pasó factura: regateó con éxito al portero, pero se quedó sin ángulo para definir, provocando un inmediato reproche desde la grada en forma de silbidos.La redención, sin embargo, no tardó en llegar. Exactamente cinco minutos después, tras un preciso cambio de orientación de Kang-in, el argentino inventó una asistencia magnífica para que Giuliano desatara la locura en el Metropolitano. Fiel a su perfil bajo, Julián esquivó el protagonismo en la celebración, restándose mérito entre los abrazos de sus compañeros. Aquel pase de gol actuó como un bálsamo: el estadio convirtió las dudas en aplausos y acompañó cada una de sus siguientes acciones, antes de que el excelso nivel rojiblanco decreciera y Fermín devolviera las tablas al marcador antes del descanso.El segundo acto brindó un doloroso calco de la primera gran ocasión del argentino. Julián volvió a encarar a Joan García con metros por delante y, de nuevo, pecó de exceso de reflexión. Su intento de vaselina se marchó por encima del travesaño y el delantero regresó al punto de partida: repudiado y silbado por la grada. Mientras el estadio se desahogaba con él, Simeone, Koke y Giuliano pedían aplausos para su compañero, que agachaba la cabeza aceptando el castigo.Simeone movió el banquillo dando entrada a Sorloth por Kang-in. La afición, más ensañada con el argentino que desencantada con el desarrollo del juego, recriminó con dureza el cambio al técnico. Mientras los pitos y los aplausos se entremezclaban en cada balón que tocaba la Araña, el atacante sirvió un pase excelente para que entre Baena y Sorloth se enredaran lo suficiente como para no hacer relucir la sociedad que un día avivó el Villarreal.El segundo gol culé volvió a poner los focos sobre el argentino. Las dos clarísimas ocasiones desperdiciadas emborronaron por completo una actuación decente, y la grada terminó por pagar los platos rotos con su delantero. Julián fue fiscalizado y castigado por los suyos en cada balón que tocó —a excepción de un lejano latigazo que acabó en córner—, dejando al descubierto una realidad incontestable: mientras los resultados y el juego no acompañen, el perdón total tendrá que esperar.La «dulce condena» de Julián arrancó aquel 23 de julio y avanza hoy hacia un desenlace incierto. Quien un día ilusionó a todo el entorno rojiblanco se encuentra atrapado en una espiral de difícil solución. «Me gustan los problemas, no existe otra explicación» , cantaban Los Rodríguez en su célebre tema, que cerraba su estribillo en un fiel reflejo de la tormentosa noche del atacante: «Esta sí es una dulce condena, una dulce rendición» .
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