Cuando Piero Pioppo llegó a España el pasado mes de diciembre, en el cuadrante de «urgente e importante» de su particular matriz de Eisenhower figuraban dos tareas. Una, aunque todavía no estaba confirmada, era un rumor a voces: organizar la visita de León XIV. La otra resultaba más evidente. Debía reconfigurar el mapa episcopal español con diez nuevos obispos y acabar así con el atasco que desde hace años arrastra la renovación del episcopado en nuestro país, herencia de los bloqueos y las peculiares fórmulas de elección de candidatos ensayadas durante los últimos años del pontificado de Francisco.Durante seis meses, el viaje de León XIV concentró buena parte de los esfuerzos de la Nunciatura, la Conferencia Episcopal y las propias diócesis, con la consecuencia silenciosa de que los nombramientos de obispos quedaran congelados . Sin embargo, en ese tiempo y con el mismo sigilo, lo lógico es que hayan avanzado los expedientes para encontrar obispo a las cuatro diócesis vacantes y relevo a los titulares de otras seis que ya han presentado su renuncia por edad. Con el nuevo curso llega el momento de resolver la otra gran tarea pendiente.Porque nueve meses después de la llegada de Pioppo, el contador de pendientes sigue atascado en la decena. Astorga, Teruel-Albarracín, Osma-Soria y Cádiz-Ceuta permanecen sin obispo titular, mientras Barcelona, Cuenca, Mallorca, Cartagena-Murcia, Tarrasa y Segorbe-Castellón esperan el relevo de sus actuales prelados. Una de cada siete diócesis españolas –el 14,28 por ciento de las setenta existentes– está, por tanto, pendiente de un nombramiento. La cifra no ha cambiado pero sí lo ha hecho el contexto. Pioppo ha tenido tiempo durante estos meses para conocer a los protagonistas de la Iglesia española, escuchar a los distintos sectores y recibir información sobre los posibles candidatos. La preparación del viaje del Papa ha sido, además, un fértil campo de pruebas para conocer cómo se sitúa cada uno.Esta acumulación de vacantes resulta todavía más significativa si tenemos en cuenta que no se repetirá a corto plazo. Una vez completados estos relevos, ningún otro obispo español tendrá que presentar su renuncia por edad hasta 2028. Salvo fallecimientos, traslados u otros imprevistos, los diez nombres que salgan en los próximos meses de la Nunciatura completarán un mapa episcopal que quedará casi estático hasta el final de la década.El procedimiento para nombrar un obispo no es rápido, aunque en los casos de jubilación, cuya fecha puede anticiparse, debería comenzar antes de que se produzca la vacante. Las provincias eclesiásticas realizan periódicamente propuestas de sacerdotes que consideran aptos para el episcopado. El nuncio debe después estudiar los nombres, pedir informes confidenciales a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos que conocen a los candidatos y construir una terna que envía al Dicasterio para los Obispos. Allí comienza un segundo filtro. La denominada ‘fábrica de los obispos’ estudia los expedientes, debate las candidaturas y eleva finalmente una propuesta al Papa, que es quien tiene la última palabra y puede, aceptar el nombre y firmar el nombramiento , pedir otro candidato o incluso devolver el proceso a su inicio.Una parte del retraso puede justificarse porque Pioppo ha heredado una maquinaria particularmente castigada por los problemas de los últimos años. El mandato de su antecesor, Bernardito Auza, estuvo marcado por las acusaciones procedentes del sector más próximo al Papa Francisco de que promovía candidatos demasiado conservadores. Roma llegó a crear la insólita «comisión de ayuda al nuncio» , que pretendía intervenir en la selección y que terminó ralentizando todavía más los procesos. Francisco reforzó después el control desde Roma con la incorporación en septiembre de 2023 al Dicasterio para los Obispos del cardenal José Cobo y del entonces obispo de Teruel, José Antonio Satué, que se sumaban al cardenal Juan José Omella.Aunque el papel del nuncio es casi indispensable en la primera fase, la máquina sigue funcionando si los expedientes han llegado hasta Roma. Así ocurrió cuando se anunció el traslado, sin nombrar sucesor, de Bernardito Auza, decidido cuando Francisco se encontraba hospitalizado y pocas semanas antes de la muerte del Pontífice. En los meses siguientes, ya con León XIV, Roma siguió resolviendo algunas de aquellas carpetas. Pero varios nombramientos funcionaron en realidad como un juego de sillas, solucionaron una diócesis a costa de abrir otra vacante. José Antonio Satué pasó de Teruel-Albarracín a Málaga y Abilio Martínez , de Osma-Soria a Ciudad Real. Las dos siguen hoy sin obispo. Lo llamativo es lo que ocurrió después. Desde la llegada de Pioppo, aquella maquinaria pareció detenerse y nueve meses después, el nuevo nuncio no ha estrenado todavía su casillero de nombramientos. El silencio admite dos lecturas : que haya dedicado estos meses a revisar las carpetas heredadas –y en algunos casos incluso a rehacerlas– o que la preparación del viaje papal aconsejara aplazar unas decisiones que terminarán configurando el Episcopado español durante años. En cualquiera de los dos casos, septiembre cambia el escenario. El viaje del Papa es sólo ya el recuerdo de un éxito y el margen para seguir posponiendo las decisiones se ha agotado.Barcelona marca el nuevo rumboDe entre esos diez nombramientos, el más significativo, y uno de los primeros, será el del arzobispo de Barcelona. Primero Francisco, y después León XIV, le han concedido una amplia prórroga al cardenal Juan José Omella –presentó su renuncia en abril de 2021– que le ha permitido convertir la visita del Papa a Barcelona en una brillante fiesta de jubilación . Ahora, con 80 años y casi cinco meses, ha arrancado el curso al frente de la diócesis consciente de que es poco probable que lo clausure. Su sucesión es compleja. Primero porque se trata de una de las diócesis más importantes del país, aunque inmersa en un acelerado proceso de secularización que el cardenal Omella dice haber amortiguado en los últimos años. Segundo, porque Barcelona es tradicionalmente una sede cardenalicia, clave también en un momento en que José Cobo es el único cardenal elector al frente de una diócesis española. Y además, porque conocer el nombre del nuevo arzobispo de Barcelona, quizá el primero que se produzca, permitirá interpretar las intenciones del nuncio , y del propio Papa, con la Iglesia española y se convertirá en piedra de toque del resto de cambios.Tres candidatos destacadosLa discreción con la que está trabajando la nunciatura ha complicado la tarea a los habituales de las quinielas episcopales, que llegan a incluir hasta una decena de nombres en la apuesta, para aumentar las posibilidades de acierto. De ellos, son tres nombres los que destacan: el arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz Meneses ; el de Valencia, Enrique Benavent; y el de Ajaccio (Córcega, Francia), el cardenal de origen español, François-Xavier Bustillo. El primero, nacido en Sisante (Cuenca) pero criado en Cataluña, donde fue obispo auxiliar en Barcelona y primer titular de la diócesis de Tarrasa, parece el candidato natural. Habla catalán, conoce bien la realidad de la diócesis y cuenta con el respaldo de la mayoría de los obispos de la Conferencia Episcopal, en la que es miembro de la comisión ejecutiva.Perfil similar tiene el actual arzobispo de Valencia , quien durante nueve años ya estuvo vinculado con Cataluña como obispo de Tortosa. Además, en las complejas relaciones de la iglesia catalana con el nacionalismo, suma una vinculación aunque por vía familiar, con Compromís. Su conocimiento de la realidad valenciana y catalana, unido a una trayectoria alejada de la confrontación ideológica, le convierte probablemente en el candidato más transversal de todos los que aparecen en las quinielas.El nombre más sorprendente en esta terna es el Bustillo. Aunque nació en Pamplona, su vida eclesial, como franciscano primero y después obispo, se ha desarrollado en Francia, de donde tiene la nacionalidad. Su posible vuelta a España ha sido alentada por el propio cardenal Omella, con quien mantiene una buena amistad, propiciada por los encuentros de los obispos del Mediterráneo. Bustillo también acompañó al Papa en la visita a Barcelona.Su nombramiento también se ve con buenos ojos desde sectores cercanos a la diócesis de Madrid. Su llegada a Barcelona, puesto que ya es cardenal, implicaría que España duplicaría de inmediato su número de electores. También reduciría la presión para que el Papa nombre nuevos cardenales españoles en un próximo consistorio, lo que podría cerrar las puertas a la birreta a Luis Argüello o el propio Saiz Meneses.El modelo episcopal de León XIVDe esta forma Barcelona no decidirá únicamente quién sucede a Omella sino que revelará cuál es el modelo de episcopado que León XIV quiere para España. No es un asunto menor, porque una decena de nuevos obispos puede cambiar o consolidar el actual equilibrio de la Conferencia Episcopal, ejemplificado en estos momentos por las elecciones de marzo de 2024 . Aquellas votaciones permitieron visualizar dos sensibilidades distintas dentro de la Plenaria: Argüello alcanzó la presidencia en primera votación con 48 de los 78 votos posibles, mientras Cobo necesitó una segunda para acceder a la vicepresidencia con 39. Desde entonces, varios de los nombramientos realizados durante la última etapa de Francisco fueron interpretados como un intento de modificar aquel punto de equilibrio , dada la afinidad de los elegidos con el cardenal Cobo, de quien en ambientes eclesiales se decía que había recibido el encargo de « alinear al episcopado español con el Papa Francisco». Sin embargo, ahora el Papa es León XIV. Como todos los septiembres, el Vaticano ha reunido estos días a los obispos nombrados durante el último año para su curso de formación. Como es lógico, después de más de un año sin nombrar obispos, no había ningún ‘alumno’ español, y la única representación de nuestro país fue Luis Argüello, invitado por el Dicasterio para los Obispos a reflexionar sobre «la misión del pastor en la familia y la sociedad». Al clausurar las jornadas, León XIV definió a los obispos como «servidores de la comunión» y dibujó un pastor cercano, capaz de escuchar, especialmente atento a sus sacerdotes y con un corazón misionero abierto también a quienes no profesan ninguna fe. Son los criterios que Pioppo tendrá ahora que traducir en nombres concretos para España.
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