Caminaba ayer el Madrid de Krahe, desde la Cava Baja donde comenzó La Mandrágora hasta la calle Pez, pasando por el local malasañero en el que un día estuvo La Aurora o por el propio colegio del Pilar, en el que estudió. Porque Krahe era pilarista , claro. Hay que ser muy pijo para parecer tan lumpen. Fui caminando hasta el Café Central y acabé en Prosperidad, donde Krahe vivió con Annick Bloyard hasta que ella decidió que era el momento de irse «más al centro». Él respondió que, al fin y al cabo, «todo Madrid es el centro», así que lo recorrí de arriba abajo escuchando su música, admirando su prosa y abriendo la boca ante su ingenio deslumbrante. Y caí en la cuenta de la inmensa degeneración que ha sufrido la sociedad española en las últimas décadas. Aunque, por otro lado, no podemos decir que España haya sido nunca un país culto. Más bien al contrario, los españoles han sido un pueblo especialmente ignorante al que no le ha interesado aprender, sofisticar sus planteamientos o refinarse intelectualmente. Sobra con ramonear en el propio aprisco y mirar con odio a los que ramonean en el aprisco de enfrente.Pero Krahe era otra cosa. No porque fuera un sabio –que también–, sino porque nunca cayó en la obscenidad de intentar parecerlo. Había leído, había viajado, sabía francés, manejaba referencias literarias e históricas, pero luego utilizaba todo eso para hacer canciones. La cultura en Krahe no era, por lo tanto, medalla sino caja de herramientas. Y probablemente eso sea algo de lo que hemos perdido. No las herramientas, sino el pudor de no buscarlas. Tampoco conviene idealizar el pasado como si fuera una Arcadia llena de bachilleres releyendo a Chateubriand mientras esperaban el autobús. Si nuestros hijos –la generación peor preparada de la historia– son así, es porque los padres son parecidos. La diferencia es que durante un tiempo el ignorante sospechaba que lo era. Ahora lo desconoce, pero con una seguridad apabullante. Por eso cada vez que aparece un informe PISA nos llevamos las manos a la cabeza y buscamos culpables entre los ministros y consejeros de Educación, como si nuestros hijos hubieran nacido espontáneamente en un instituto. Cambiamos las leyes, los currículos, y hasta el nombre de los suspensos, pero nadie puede obligar desde el BOE a admirar la inteligencia y a levantar la mirada de la basura degradante de las redes sociales que nos han esclavizado, con nuestro permiso. Si no lo hacen los padres, no lo harán los hijos.Nos falta esa clase de gente brillante, divertida y culta que miraba a la vida a la cara y que se protegía de ella envolviendo de sutileza los rebuznos y los lamentos. Eso era KraheQuizá por eso el problema de PISA no es que nos falten matemáticas, comprensión lectora o ciencias. El problema es que nos falta Krahe. Nos falta esa clase de gente brillante, divertida y culta que miraba a la vida a la cara y que se protegía de ella envolviendo de sutileza los rebuznos y los lamentos. Eso era Krahe, un tótem aspiracional y el dique contra la vulgaridad y la vida estabulada. Pero se fue y, tras él, los garitos llenos de humo, el talento prodigioso –ese que te hace sentir tremendamente inferior, porque lo eres– y una forma de estar el mundo repleta de dignidad, compromiso y belleza. Con él se acabaron los clarinetes lentos y las noches largas y, a cambio, el mundo fue tomado por la mediocridad y los consejos de lectura de influencers analfabetas, plataformas ultras e inteligencias artificiales que actúan como la policía del pensamiento de una dictadura cruel. Pero con emojis.Al llegar a Prosperidad me quité los auriculares. El Madrid de Krahe sigue prácticamente entero : los mismos lugares, las mismas aceras y hasta algunos de los mismos bares. Lo que se ha esfumado es el mundo que los unía. Quizá PISA debería medir también esas cosas: cuánta curiosidad nos queda, cuánto nos avergüenza nuestra ignorancia y con cuánta frecuencia nos sentimos inferiores ante alguien, pero lo admiramos en vez de destruirlo. Krahe aprobaba con sobresaliente. Pero España lleva demasiados años pasando de curso con el examen suspenso.
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