Al principio de sus memorias, Lena Dunham cuenta que heredó el nombre de su abuela, una mujer que llegó a Estados Unidos desde Rusia con siete hijos detrás y los brazos llenos de quemaduras, de tanto sacar el pan del horno. «Mi madre me dijo que lo eligió porque sonaba a nombre de alguien que podría llegar a ser estrella de cine o abogada con igual nivel de éxito», recuerda la creadora de ‘Girls’, antes de señalar la paradoja que sigue a toda profecía: a medida que la fama iba llegando a su vida, la mujer veía cómo su nombre se alejaba para llamarla ya no a ella, sino a otra, a un personaje con vida y voz propia, no siempre escrito de su puño y letra. «Había escuchado mi nombre tantas veces, y en tantos contextos desconcertantes, que había dejado de ser mío».Perder el nombre es una de las formas más hondas de perderse a uno mismo. Si pierdes el nombre pierdes la biografía, el control del relato, y más importante incluso, el control de la agenda: se empieza por no decidir dónde vas a tomarte el primer café de la mañana y se acaba por no querer salir de la cama. Lena Dunham ya no era el nombre de una mujer, sino una marca, un estilo, un humor desgraciado y reconfortante (pocas cosas hay más placenteras que descubrir que hay alguien que está peor que tú, mucho peor: es de ahí de donde viene el terror, pero también la comedia). Lena Dunham era un lugar común, de encuentro, al que una generación fue a reírse de su fracaso, que era el fracaso del progreso mismo: habían estudiado y tenían trabajos interesantísimos, pero les costaba pagar el alquiler sin ayuda de sus padres y más aún no hacer el ridículo ante cualquier situación incómoda. No es raro que ahora lloren por las esquinas al descubrir que la mujer que puso nombre (otra paradoja) a sus derrotas haya sido madre por gestación subrogada, exitoso eufemismo del alquiler de vientres o la compra de niños.Un nombre no se pierde solo: te lo tienen que robar. Lo hacen quienes necesitan, como el adolescente insoportable de ‘El guardián entre el centeno’, ser amigo de los autores que admiran (hablamos de una amistad platónica, se entiende), y es por eso que escudriñan sus vidas a tiempo completo, pues siempre tienen algo que ganar: o bien el placer de seguir confirmando su imagen mental o bien el espectáculo de ver caer a sus ídolos del mismo altar (moral) que ellos, y solo ellos, habían levantado.
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