Mientras espero que arranquen las emisiones de La Séptima, esa cadena que promete rigor, pluralidad y objetividad si atendemos al perfil de sus fichajes estrella, ando matando el tiempo con el visionado de pelis quinquis, que me enganché por culpa del Nani y ahora tengo suscripción a FlixOlé. Después de ‘Matar al Nani’ me vi (en este orden y bajo prescripción de mi amigo Mon, gran especialista en el género) ‘Perros callejeros’, ‘Perros callejeros 2’, ‘Navajeros’, ‘El pico’, ‘Deprisa, deprisa’ y ‘Colegas’. Es bastante impactante para una neófita como yo saber que la gran mayoría de los protagonistas no eran actores profesionales sino delincuentes juveniles auténticos interpretándose a sí mismos antes de acabar, la gran mayoría, bastante muertos (el que no por sida, por sobredosis). No parece la mejor de las ideas, a priori, regar de dinero y fama a un montón de rateros drogodependientes. No al menos si lo que se busca es rehabilitación y reinserción. Si lo que se busca es otra cosa (no sé, hacer negocio, por ejemplo) entonces sí. Pero no seré yo quien, aquí y ahora, juzgue moralmente a todo un género cinematográfico patrio y a sus directores, algunos de culto. Y no lo haré porque yo, ahora mismo, soy un poco yonqui del formato y no soy la más adecuada para criticarlo. Tan enganchada estoy que, tirando de la combinación fama, dinero, drogodependencias y muerte, acabé viendo la miniserie sobre Matthew Perry , que no era delincuente pero sí algo adicto a sustancias varias y acabó sus días ahogado en un jacuzzi con una sobredosis de ketamina. Matthew Perry es conocido sobre todo por su papel de Chandler Bing en ‘Friends’. Interpretaba, concretamente, al otro; a l que no es ni Ross ni Joey. ‘Friends’ es una serie que sirve, básicamente, para sentirse uno muy mayor. Sobre todo si nos paramos a pensar que la hija de Ross y Rachel tendría hoy 24 años, los hijos de Chandler y Mónica tendrían 22 y, los trillizos de Phoebe, 28. Phoebe podría ser abuela . También es una serie que nos hablaba del futuro, de cuando adultos funcionales se verían obligados a compartir piso porque no podrían permitirse con sus sueldos pagar el alquiler (de comprar, ni hablamos). Pero la serie de Matthew Perry de lo que habla es de la vida del actor y de cómo, igual que a los quinquis españoles, el éxito y el dinero en combinación con sus propios fantasmas le facilitaron el acceso a ciertos excesos. Y ahí es cuando llega el drama por la autopista de las adicciones. Son tres capítulos tristes e incómodos que retratan a alguien que, por encima de todo, siempre se sintió muy solo y que por alguna razón no encontró nunca la manera de llenar ese vacío (hasta que descubrió las droguitas a raíz de una caída). Ni con todo ese dinero que ganó, llegaron a cobrar un millón de dólares por episodio cada uno de los protagonistas, dejó de ser, únicamente, alguien profundamente solo. Especialmente triste es que muchos de los testimonios, incluida una medio hermana (sus padres estaban divorciados y formaron nuevas familias y tuvieron nuevos hijos), destaquen por encima de todo su generosidad económica: el día que regaló un coche, el día que ofreció su casa a un conocido sin hogar, el día que apareció con muchos regalos. También su asistente, médicos con poca ética y camellos varios solo veían un símbolo de dólar en sus pupilas, como aquel Tío Gilito de los tebeos de nuestra infancia. Y por eso encontraron en sus móviles, tras su muerte, mensajes despreciables en los que bromeaban con cuánto estaría dispuesto a pagar por una nueva dosis. Espóiler: llegó a pagar mucho. Qué triste, con lo que nos hizo reír.
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