Voy viendo, alcalde, que Madrid ha perdido muchos sitios donde no hacer nada. Parece un recurso de bobada, eso de un sitio donde no hacer nada, pero quizá estamos ante una de las pérdidas más serias de una ciudad insomne que prospera con el acelerador pisado. De modo que el mapa de Madrid es el mapa de los lugares que piden una misión, el atlas de los ángulos donde siempre está ocurriendo alguna cosa. Ahí está dónde comprar, dónde entrenar, dónde hacerse una foto, dónde tomar vermú, dónde trasnochar a cualquier hora. Ahí está dónde cargar el coche eléctrico, dónde comprar una cremallera de cabaré, donde consumir comida peruana. Igual el ocio ha logrado horarios de oficina, igual ya la vida misma no es ya sino un almanaque de burocracias. La ciudad contemporánea desconfía de aquel al que vemos sin hacer nada. Un hombre sentado durante una hora mirando las estaturas del aire nos parece sospechoso, cuando hace cuatro tardes era sencillamente un madrileño. Se nos está quedando lejos, o muy lejos, el noble empleo de estar a no hacer nada, alcalde. Madrid es una ciudad insomne, alegre y riquísima en donde algo ocurre, pero decae si buscamos espacio donde ocurra la nada, ese milagro, un recodo o guarida donde puede ganarse la tarde perdiéndola. Hubo una época en que la ciudad ofrecía refugios para la divagación, o la pereza, desde una toldería para jubilados hasta un recodo donde los novios merendaban besos y penumbra. Naturalmente, hoy, el amor también necesita reserva previa. Podríamos concluir que la prisa es una dolencia crónica y el consumo su farmacopea equivocada. Nos urgen los rincones sin obligación, alcalde, los lugares sin propósito, las zonas sin código QR, un Madrid donde nadie pregunte qué hacemos. Porque se ve claro que no hacemos nada, que es hacer muchísimo.
Powered by WPeMatico