En 1981 hubo un golpe de Estado, ETA asesinó a 32 personas y el ‘Guernica’ de Picasso aterrizó en Barajas. Madrid corría en el Circuito del Jarama, al que se llegaba en Seat 127 mientras en la radio sonaba Tino Casal con su ‘Champú de huevo’. Antes de la carrera, los bares vendían Mirinda y vino a granel, se cambiaba de TVE a La Segunda girando una rueda en el televisor y el aceite de colza causó un envenenamiento masivo que se llevó por delante a cientos de personas. El alcalde era Tierno Galván, el viejo profesor, el Rey Juan Carlos I llegó al circuito en helicóptero y sería la última carrera que el canadiense Gilles Villeneuve ganaría antes de perder la vida entrenando en Bélgica.Ese año, Barajas recibió a diez millones de viajeros frente a los más de sesenta y ocho millones que recibe hoy. El sueldo medio de un madrileño rondaba las setenta mil pesetas al mes y una casa podía costar entre dos y cinco millones de pesetas. En Madrid vivían poco más de 45.000 extranjeros y buena parte de la inmigración que recibía la ciudad procedía todavía de las provincias españolas. Ese año nacieron en Madrid casi 69.000 niños. El año pasado fueron 52.450. Y eso que entonces en la región vivían menos de cinco millones de personas y hoy somos más de siete. Madrid tiene dos millones y pico de habitantes más y nacen unos dieciséis mil niños menos.Cuarenta y cinco años parecen mucho hasta que uno baja a la calle. Donde antes el vecino del tercero era de Jaén y la señora del quinto de un pueblo de Ávila, hoy viven un venezolano, una peruana, una pareja italiana y un programador que paga 1.800 euros por cincuenta metros cuadrados y asegura que el barrio todavía está bien de precio. La portera desapareció, llegaron el telefonillo con cámara y los pisos turísticos y en el tablón donde antes se anunciaban clases de mecanografía ahora alguien ofrece pilates, paseos de perros y habitaciones por 750 euros.También caben cuarenta y cinco años en un bar. El vino a granel se convirtió en vermú de autor, la Mirinda en kombucha y el bocadillo de calamares comparte barra con el bao y el ceviche. Donde antes se pedía un café solo ahora hay que decidir el origen del grano, el tipo de leche y si uno quiere sentarse dentro o en una terraza que ocupa el sitio donde antes aparcaban tres coches. También caben en el coche. En 1981 una familia metía a cinco niños detrás de un Seat 127 sin sillitas, sin aire acondicionado y sin que nadie jurara por Bad Bunny que le podía dar una insolación. La revolución más grande quizá ocurrió dentro de casa. El teléfono dejó de estar en una mesita del pasillo y acabó metido en el bolsillo. Antes llamabas a una casa y no sabías quién iba a descolgar. Ahora llamas directamente a una persona y, si no contesta en diez minutos, empiezas a preguntarte qué le habrá pasado. Uno podía salir por la mañana y regresar por la noche sin dejar rastro y aquello no se llamaba desconexión digital sino un martes cualquiera. También hemos conseguido ganar mucho más dinero y que siga sin llegarnos. Miramos escaparates de inmobiliarias como antes se miraban los concesionarios, sabiendo que aquello no es para nosotros. Nuestros padres discutían por la hipoteca. Nosotros discutimos por el alquiler, la hipoteca, Netflix, Spotify, el gimnasio, el móvil, la fibra, el Glovo del domingo y ese café de cuatro euros que juramos que no volveremos a pedir.Antes había niños jugando al fútbol entre dos jerseys tirados en el suelo, dando vueltas en bicicleta alrededor del bloque o bajando solos a por el pan. Hoy hay grupos de WhatsApp de padres para organizar que cuatro niños bajen juntos al parque y, al toque, hemos llenado Madrid de gimnasios, terrazas, restaurantes, hoteles, mascotas y adultos con zapatillas de adolescente mientras las pandillas infantiles han ido desapareciendo de muchas aceras. Tenemos más parques y quizá menos niños jugando solos en ellos.No todo aquello era mejor. Ni mucho menos. ETA asesinaba, el aceite de colza envenenaba familias, España acababa de escuchar disparos en el Congreso y muchas libertades que hoy damos por hechas llevaban cuatro días. Madrid era más pobre, más gris, más incómodo y bastante menos libre. Pero también era una ciudad donde detrás de muchos edificios empezaba un descampado y los guajes sabían exactamente para qué servía. Ese descampado es probablemente la mejor medida de estos cuarenta y cinco años. Madrid se los ha ido comiendo todos. Donde había solares llegaron bloques, oficinas, colegios, urbanizaciones, centros comerciales, hoteles y barrios enteros. Aquél Madrid no podía imaginar que algún día llevaríamos en la mano un aparato desde el que ver la carrera, llamar un taxi, pedir sushi, reservar un vuelo, ligar, trabajar, discutir con un desconocido, ‘farmear aura’ y consultar cuánto vale el piso que jamás podremos comprar. Han pasado cuarenta y cinco años. Madrid tiene más habitantes, más coches, más turistas, más hoteles, más restaurantes, más líneas de Metro, más idiomas y más formas de gastarse el sueldo. Tenemos el mundo entero metido en el bolsillo y casi cualquier cosa puede llegar a casa en media hora. Lo único que todavía no hemos conseguido pedir a domicilio es tiempo. Pero de nosotros depende el Madrid que tendremos dentro de otro medio siglo.
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