Ahora que empieza el curso en las facultades de periodismo, la propia realidad televisiva les ha traído el temario hecho, con ejemplos prácticos, para la asignatura de ética y deontología profesional: por la mañana, lo que no se debe hacer al afrontar una entrevista; por la noche, lo que se debería hacer siempre. En TVE, el impúdico servilismo; en Antena 3, el rigor incisivo. A una lado, Jesús Cintora («ideología de izquierdas, especialmente afín a los grupos alternativos al PSOE») y Esther Palomera («ideología moderada de izquierdas, favorable, en general, a las políticas del Gobierno») entrevistando a un comodísimo Pedro Sánchez; al otro, Cristina Pardo («en los últimos años ha virado de una tendencia progresista a una posición más crítica con el Gobierno») entrevistando a un azorado Óscar Puente. Por la mañana café, por la noche ron; Larry King, David Frost.A Sánchez, Cintora y Palomera lo recibían, previo acuerdo, con ojos de calentura y caritas de emperaora, dejándole la pelota en el área con la portería despejada, para que empezara cómodo y victorioso. Que si le habían pillado «haciendo trampas» con la ley de nietos, sonreía Cintora complacido en su papel de Isabel Preysler, y añadía un exculpatorio «como dice la oposición», para que no le quedaran dudas al jefe de que no era él sino los malos quienes sostenían tamaña acusación. Y ahí arrancó confortablemente el presidente, en su registro propagandístico (modo mitin activado), gustándose en ese hablar quedo, leve sonrisa, serenidad impostada. Satisfecho con el confortable arrobo de la entrevista amable, del spa consultorio, pudo exponer tranquilamente el relato armado sin disimular siquiera la ausencia de sorpresa ante cada (presumiblemente pactada) pregunta. Ni mención siquiera se hizo al hecho de que, casualmente, coincidiese su aparición con la declaración en la Audiencia Nacional de la gerente del PSOE, Ana María Fuentes, por el caso Leire Díez. Una incomodidad menos.A Puente, Pardo lo recibía a porta gayola, con los informes que demuestran que los servicios de inteligencia españoles sí alertaron previamente de la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta en el capote y, en el estoque, una pregunta: «¿Ustedes creen que esos avisos eran suficientes como para ser tenidos en cuenta?». El ministro, acostumbrado a ser quien embiste pero no tanto a que le templen, se revolvía ya incómodo en la silla, como si se le hubiera sentado encima una señora muy gorda, y tuteaba a la periodista sin mirarle a los ojos mientras, por momentos balbuceante, intentaba esquivar la pregunta con subterfugios que eran acotados por quien, bien documentada, le esperaba en el primer recodo de su circunloquio con un tajante «eso no es verdad».En apenas cinco minutos ya se habían, en ambos casos, asentado los mimbres de lo que estaba por venir. Y fue como parecía. El primero, pudo desplegar con confianza todo su repertorio: ultraderecha, desinformación, pseudomedios, injusticia… Nadie osó repreguntarle, ni ante evasivas, ni medias verdades, ni desmemoria. Ni siquiera cuando dejó caer, como si nada, que las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla deben prepararse para la «nueva realidad estructural», que no es otra cosa que el eufemismo elegido para definir la entrada masiva e ilegal de miles de personas y, por lo tanto, de la vulneración de nuestra integridad territorial. ¿No merecía una explicación esa afirmación? ¿Quería decir el presidente que debemos resignarnos a la pérdida de control de nuestras fronteras? Tampoco sobre los informes del CNI, que ahora sabemos que contradicen al propio Gobierno tras no existir y luego sí. Ni se le cuestionó el utilizar el plural al afirmar que «recurriremos» la sentencia de la Audiencia provincial de Badajoz que le condena a 9 años de inhabilitación por prevaricación administrativa. ¿No merecíamos saber si hablaba como presidente del Gobierno y eso implica que asumirá el Ejecutivo la defensa de un particular o si hablaba a título personal, en cuyo caso deberíamos saber cuándo contesta como uno y cuándo como otro?A Óscar Puente, Cristina Pardo lo recibió a porta gayola, con los informes que demuestran que mintieron sobre CeutaEl segundo, no tuvo tregua. A cada intento de requiebro, ahí estaba la repregunta. Todavía no llevaba diez minutos sentado a la mesa Puente cuando ya se había escuchado un inapelable «ustedes hablan peor de los servicios secretos españoles que de Marruecos». Sin una mala palabra, sin levantar la voz y sin dejar de tratar de usted al ministro, Cristina Pardo no dejaba pasar ni una cuestión importante ni una contradicción flagrante: ¿Por qué no hay dimisiones? ¿Por qué se desprestigia a los servicios secretos y se eluden responsabilidades? ¿Por qué contradice a los propios informes? Tan contra las cuerdas se vio Puente que, nervioso y en llamativa incongruencia, defendía primero que «hay que hablar en función de la información de que uno dispone» para, a continuación y frente a los informes del CNI y la Guardia Civil que constatan la pasividad de las fuerzas de seguridad de Marruecos ante la avalancha migratoria y ausencia de reacción proactiva por parte de las autoridades marroquíes, apelaba a que, «más allá de lo que digan esos informes», que, en sus palabras, «no es toda la verdad» y «lo que recogen son hipótesis», habría que atender también a imágenes que «no trascendieron» que muestran colaboración al otro lado de la frontera. Todavía más llamativo fue que todo un ministro y en repregunta de Vicente Vallés, afirmara abierta y desprejuiciadamente (serían los nervios y el desconcierto) que «hay una conspiración contra el Gobierno que involucra a medios de comunicación y a algunos profesionales de los medios de comunicación, a algunos jueces y al poder económico».Por la mañana tuvimos un buen ejemplo de lo que no debería hacer un profesional del periodismo: confundir información con opinión («el mismo Tribunal Supremo que ha suspendido cautelarmente el derecho a voto de los nacionalizados por la Ley de Nietos es el que ha puesto palos en las ruedas en la aplicación total de la Ley de Amnistía»), no repreguntar ante una afirmación sin sustento («nueva realidad estructural»), no confrontar hechos conocidos (informes del CNI), no desmentir inexactitudes verificables (ley de nietos), aceptar el marco discursivo impuesto por el entrevistado (elusión constante del término invasión) ni permitir que sea quien marca el ritmo. Por la noche tuvimos lo contrario, el ejemplo de un buen entrevistador: confrontar las declaraciones con hechos («¿mentían ustedes, o considera que el 1 de agosto ya estaba resuelta la crisis?»), repreguntar ante la evasiva (¿Marruecos lo ha hecho todo bien?), evidenciar las incoherencias (justificación de la ausencia de Sánchez durante la crisis de Ceuta frente a la exigencia de presencialidad a Mañueco en los incendios), preguntas incisivas y directas (¿usted se cree esto que me está diciendo?), distancia crítica sin perder la educación ni el control de la conversación. Todo lo que Cintora y Palomera dejaron pasar, Pardo lo convirtió en preguntas. Esa es la diferencia entre la entrevista propagandística y aquella al servicio del derecho del público a la información que somete a contraste el discurso del poder. Entre terminar con un «¿entonces usted cree que ha estado bien que los ministros discrepen en público sobre si el CNI avisó o no?» y hacerlo con un ¿nos falta en este mundo, como diría Robe Iniesta, más entender el mundo de la cultura, compartirlo, trabajarlo, y odiar menos?». Entre el servilismo y el rigor.
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