«Un ministro de Transportes de un país como España no puede continuar en su cargo con dos accidentes de esta gravedad en menos de un año». Apenas unos minutos pasaban de las nueve de la noche cuando, en la intervención final de una larga comparecencia ante la Diputación Permanente del Congreso, Óscar Puente percutía estas palabras en forma de dimisión. Un giro inesperado. Un efecto sorpresa que en la Moncloa habían contribuido a alimentar bajo la premisa, taxativa y reiterada hasta horas antes, de que no iban a dejar caer al ministro. «No habrá dimisión ni cese», anticipaban, asegurando que iba a llegar hasta las elecciones al frente de sus funciones. Nada más lejos de la realidad.El movimiento estaba preparado. No fue fruto del debate acalorado con los grupos ni de un arrebato de dignidad. Puente llevaba escritas las palabras precisas, a resguardo de una carpeta color rojo PSOE que reservó hasta el momento oportuno. El final de su intervención. El golpe de efecto ejecutado con la voz algo temblorosa y presa de la emoción de la despedida. El ministro reveló a su salida de la sala Constitucional de la Cámara Baja que había informado a Pedro Sánchez minutos antes, en un breve intercambio de mensajes. En la Moncloa confirman la versión y puntualizan que la renuncia se produce por «voluntad propia».Todas las partes se ocupan de dejar en evidencia que Puente no ha sido sacrificado por el presidente, como una suerte de daño colateral o alfil que se deja caer en la partida para proteger al rey; sino que ha sido él quien ha decidido inmolarse por la causa. «Yo soy una persona muy pequeña para el proyecto político del que formo parte, que es un proyecto de país», dijo el viernes en su intervención desde el Ministerio de Transportes. La misma en la que rechazó dimitir, porque «eso sería lo fácil» y no encajaba con su forma de entender la política. La renuncia, según desveló él mismo, ya estaba decidida para entonces. Había tomado la decisión el mismo miércoles del accidente.Entonces, Puente presumió de tener la encomienda y la confianza del presidente para encargarse de la gestión de la crisis. No mentía. El mismo Sánchez que había calificado de «inasumible» que se produjeran dos accidentes mortales de tamaña gravedad en menos de nueve meses en España, había rechazado el primer intento del ministro de apartarse. Lo hizo el día del siniestro, cuando se ofreció a marcharse si era «un problema». El presidente se opuso y le encomendó restañar la confianza quebrada en el sistema; el mismo presidente que ahora instrumentaliza la renuncia como un ejemplo de responsabilidad y «dignidad política».Sánchez trata ahora de subirse a la ola de una dimisión que trató de frustrar, porque le permite hilvanar un relato en el que su Gobierno rinde cuentas frente a la falta de respuesta del PP en tragedias precedentes. Sin embargo, las fuentes oficiales socialistas no avalaban este escenario ni en las horas ni en los minutos previos, a tenor de la vehemencia con la que Patxi López defendió —en sus intervenciones en la misma Diputación Permanente— la vocación de permanencia de Puente.Los argumentos que se esgrimían para resistir al frente de Transportes se desdoblaron, en un ejercicio exprés de transformismo ideológico, para apuntalar la dimisión después. Si a mediodía el mejor ejercicio de responsabilidad era permanecer al frente de la cartera «para hacerse cargo de la situación, comparecer, rendir cuentas y tomar decisiones»; una vez formalizada la renuncia, la dignidad política se defendía con el abandono de su cargo. La reconversión argumental también fue inmediata para los altavoces socialistas. De negar cualquier posibilidad de un cese por «injusto» a saludar la salida porque «no había otra opción».En el entorno de Puente se quejan de su soledad en los últimos días e incluso señalan que le ha dolido especialmente tener poco respaldo por parte de sus compañeros. No en vano, desde el Gobierno y el propio partido cuestionaron su continuidad al frente de Transportes desde que se tuvo conciencia de la gravedad del accidente de Urda. En la Moncloa no se mueven del registro oficial y aseguran que el movimiento del ministro fue totalmente sorpresivo, una reacción unilateral que no encaja con el nivel de confianza y cercanía que mantiene con Sánchez. «No sé cómo se lo habrá tomado», acertó a decir Puente a su salida del Congreso, pero todas las fuentes socialistas consultadas mostraron un evidente alivio al conocer la decisión. Un descanso que tampoco ha pasado desapercibido para el ministro, consciente de que su paso a un lado permite al PSOE y al Gobierno encarar la carrera hacia el 29N liberados del lastre que suponía su permanencia en la Moncloa.
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