Un chaval de 22 años solo ante el misterio de seis novillos en la Feria de Otoño. Impone ver su nombre anunciado junto a seis ganaderías el próximo 10 de octubre: Álvaro Serrano, en solitario. El chaval de Navas del Rey, sin sangre dinástica que le abriera puertas, logró en San Isidro la proeza de tocar a hombros ese cielo de Madrid dondes horas después descansaba el abuelo que marcó su camino. Una misma noche alcanzó la cima y enterró al hombre que más había creído en él. Se emociona cuando habla de Primi, pero pronto recobra una serenidad sorprendente. No busca atajos ni se esconde de la presión. Transmite la paz de quien confía en el trabajo diario y la pureza de quien cita de frente a la vida, aunque años atrás escuchara el «no» de quienes consideraban que sus hechuras no eran las idóneas para ser torero. Su férrea disciplina lo ha colocado ya en un lugar de la historia: el del valiente que se atreve a encerrarse como único espada en la catedral del toro. Se mueve a golpe de corazón, pero tiene los pies firmes en la tierra y, pese a los miedos, no pierde esa sonrisa natural que caló honda en mayo en los tendidos venteños. A su conquista va de nuevo, con un viejo lema tatuado en la mente: solo vence el que se atreve. Porque ningún libro hablará de cobardes.—Cuando se mira en el espejo y ve que cada día falta una noche menos, ¿le va creciendo la barba como decía Belmonte? —Está claro que Madrid está en el horizonte y pesa mucho. Si pesa una tarde normal, en solitario con seis novillos pesa veinte veces más. Aunque soy muy partidario del día a día, de llevar cada tarde al cien por cien, es la oportunidad de mi vida: tengo mucho que ganar y poco que perder.—¿Por qué seis?—Ha sido una idea de la empresa, que ha confiado en mí. Seis novillos en solitario, para un chaval que prácticamente viene de la nada y que nadie conocía, es una oportunidad de oro. Puede tener su cara y su cruz, pero en este mundo el que no arriesga no gana, y yo quiero arriesgar para ganar.—Es una prueba de fuego: ¿no lo dudó?—Valoramos todo. Nosotros también teníamos alguna idea y todo concordó. Creo que es una idea muy bonita. Lo primero es no meterme presión. La presión no es nada buena. Voy a salir con lo que tengo y con lo que sé hacer, con la verdad y con mi personalidad. —¿Cómo consigue esa serenidad siendo tan joven?—Siempre he trabajado en la tranquilidad y he confiado en el trabajo del día a día. Cuando he trabajado mucho, las cosas me han salido, y como no he dejado de hacerlo, creo que van a salir.Álvaro Serrano dialoga íntimamente con su propia fe Tania Sieira—¿Ha cambiado su vida desde la tarde mágica de San Isidro?—Sigo siendo la misma persona, pero sí he tenido la suerte de estar en más ferias importantes.—Sorprendió entonces su ruptura con su apoderado.—Me reuní con él para proponerle una serie de cosas. No aceptó y, cuando no se llega a un acuerdo, se acaba. Estoy muy agradecido: hemos hecho muchas cosas bien, tanto él como yo. Los caminos se separan y de cara al futuro hay que aprovechar lo que vaya a salir. Ahora estoy con Alberto Aguilar, que me conoce desde que entré en la escuela. —¿Era la Puerta Grande como la soñaba?—Son preciosas las dos, la soñada y la real. No pasaba un buen momento por el tema de mi abuelo, que estaba enfermo. Él siempre me ha ayudado y ha confiado en mí. Sabía que se la tenía que dar…—¿Recuerda la última conversación con él?—Perfectamente. Salí a hombros, fui al hotel, me cambié y me fui a casa. Le dije: «Primi, lo hemos conseguido». Él me contestó: «Hasta que mañana no lo vuelva a ver repetido no me lo creo». Y ya nos acostamos y el hombre descansó. Creo que se esperó para que yo no me descentrara, para que siguiera mi camino y para que él me viese salir a hombros. Mi primer novillo me pegó un derrote y pensé que me había dado una cornada interna. Me dieron unos puntos, me cerraron la herida y lo llamé desde la enfermería: «Tranquilo, Primi, que todavía queda otro». Él me contestó: «Pero no te arriesgues, vente para casa». Yo le dije: «No, primero salimos a hombros».—¿Este gesto es un brindis al abuelo?—Sí. Por él y por toda la gente que está conmigo. Tengo la suerte de que muchísima gente me sigue, me apoya y me acompaña. Tengo una peña en mi pueblo, de tres mil habitantes, con casi quinientos socios. Es una barbaridad. Qué menos que devolvérselo a ellos, a mis padres, a mi familia, a todo lo que hacen por mí.—¿Quién es Álvaro Serrano? —Un chico de veintidós años de Navas del Rey. No nací torero: era un niño normal, jugaba al fútbol, salía con los amigos. Un día me apunté a la escuela por el simple hecho de hacer deporte, porque era un niño fuertecito. Mis padres me dejaron porque todos los toreros estaban delgados y pensaron: «Bueno, para que también se ponga en forma». Y a raíz de eso fui toreando hasta el día de hoy. También estoy estudiando Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, pero lo llevo despacito…El peso y la disciplina «Estaba fuertecito y me decían que así no podría ser torero. Cuando yo lo decidí, me puse en manos de nutricionistas y profesionales»—Cuenta que era un niño fuertecito. ¿Alguna vez le dijeron que así no podría ser torero? —Sí, muchísimas veces. Cuanto más me lo decían, menos caso hacía. Hasta que llegó el día en que mi cabeza cambió: «Si quiero seguir en esto, tengo que ponerme fuerte». Me puse en manos de nutricionistas y profesionales, adelgacé… Pero solo cuando lo decidí yo. En mi segunda novillada sin caballos me pegó tres cornadas un toro. Tuve un problema: me rompió un tubo y orinaba linfa, perdía las proteínas y las grasas. Me hicieron una analítica y parecía la de un señor de ochenta años. Ahí cambié mi percepción: en el mundo del toro hay que estar lo más fuerte posible para que los toros hagan el menor daño. Decidí adelgazar por mi bien, entrenaba como el que más y era lo que me hacía feliz. —¿Ahora lleva una disciplina con la alimentación y el deporte?—Me encantan los dulces, pero entre semana intento llevar mi rutina. Si un día me tengo que comer una hamburguesa, no tengo problema. Eso sí, al día siguiente estoy corriendo a primera hora para quemarla, porque no me gustaría volver a estar como antes. Si me descuido, tiendo a engordar.—¿Es más difícil ser torero cuando alguien no viene de una dinastía taurina, cuando sale de la nada?—Creo que tiene más mérito. En mi familia nadie estaba en el mundo del toro. Solo aficionados. Me gustaba ir a la ganadería de Quintas, del pueblo de al lado; a las fiestas, a los encierros, a las novilladas… Pero hasta los catorce o quince años, cuando me apunté a la escuela, no vi toros en Madrid. Entré una vez y ya no paré de ir.—¿Tanto le impresionó?—Sí, mucho. La primera tarde López Simón salió a hombros y luego le vi salir las cinco veces. Me marcó mucho.—¿Tiene algún otro referente?—Prácticamente todos, pero el maestro Morante nos ha marcado a todos y nos marcará. Es un espejo muy grande. De cada uno me gusta coger cosas, pero Morante es diferente: tiene personalidad, variedad… Es distinto al resto.—Entonces buscará la pureza. ¿Cómo la definiría?—La pureza es la manera de citar al toro, de colocarse de frente, de darle los pechos, de no echar la pata para atrás. Eso es pureza. — ¿Aspira a ser distinto a los demás?—Sí. Tengo mi personalidad y estoy trabajando en ella. No la voy a cambiar.Álvaro Serrano, a izquierdas sombrero en mano Tania Sieira—Parece una persona fuerte mentalmente, preparada para la cara o la cruz de la encerrona.—Tengo las cosas claras. Lo más probable es que no pase nada… pero ¿y si pasa? Ahí está el riesgo para ganar. Si no está para mí, no está para mí. De una tarde no va a depender toda mi carrera. Puede servir para ponerme a funcionar con la alternativa.—¿En Fallas?—Todavía está en el aire. Depende también de Madrid. Quiero tomarla pronto, a principios del año que viene. Siempre mola más en una plaza importante.—Ha hecho una campaña vestido de torero en el Metro. ¿Es una manera de decir «soy un chaval como vosotros» o «el tren pasa una vez en la vida y hay que subirse»?—Tiene las dos lecturas. Soy una persona normal que va en Metro. Y al mismo tiempo es la oportunidad de mi vida de montarme en el tren. El 12 de mayo me subí, pero ahora es el momento de montarse en business.— ¿Se ve el color del dinero de novillero ?—No, apenas da para comprar los trastos. Cuesta mucho, son muchos gastos.—¿Estrenará vestido el 10 de octubre?—Me pondré uno nuevo, pero no lo estrenaré. Digo nuevo porque una figura del toreo ha tenido el detalle de prestármelo. Comprarse un vestido está imposible, rondan los siete mil euros.Juventud y verdad «Cada vez van más jóvenes a los toros porque en ningún otro espectáculo se ve tanta verdad de la vida y de la muerte. Y eso atrapa»—¿Alguna cicatriz que le recuerde el precio de ser torero? — Las que tengo las llevo con orgullo. La de Madrid, de mi presentación sin caballos en la final, me gusta mirarla. A veces digo: «Me voy a hacer un tatuaje que ponga Madrid y la fecha». Es el precio que hay que pagar, y ya que se paga, que quede grabado para siempre. Tengo cuatro cornadas, todas en la pierna derecha. Y alguna fractura: la vértebra, el dedo… Es a lo que nos exponemos. Los toros cogen y hacen daño. —¿Siente miedo antes de torear?— Sí. Si estás en el hotel, acabas de comer y te tumbas… Madre mía, qué largo se hace hasta que llega el paseíllo. Pero ese nervio me gusta: pasar miedo, sobreponerme, pegar pases al toro, sentir y hacer lo que entreno.—¿Se pueden torear esos temores?—Hay formas de intentar alejarlos, pero hay que tenerlos. Siempre está el miedo de que te coja y te haga mucho daño. Pero estoy preparado. Si tiene que pasar, pasará. Solo por hacer lo que haces con el toro y ver cómo vives, vale la pena. El miedo viene siempre conmigo, pero intento tenerlo aplacado con el entrenamiento: «Soy capaz, estoy preparado».— ¿Hasta qué punto es libre delante de la cara del toro?—Creo que soy libre siempre, dentro del comportamiento del toro y de la técnica que haya que aplicar. —¿Nunca se ha sentido esclavo del veneno de esta afición?— No. Hago lo que me gusta y no me cuesta. Me gusta ir a entrenar, me divierte, me llena. Coger los trastos, hacerme un toro, otro, jugar al frontón, ir a correr… Hago lo que quiero en mi vida.—¿Es cierto que lo primordial es tener afición, afición y afición?—Totalmente. El toro es veinticuatro horas del día, trescientos sesenta y cinco días al año. Hay que dejar de entrenar el 31 de diciembre y empezar el 1 de enero. No hay que dejarlo nunca de lado, porque el toro está comiendo y pensando en ti, así que tú tienes que estar pensando en él.—Si el toro es tan celoso, ¿da tiempo para el amor?—El toro es muy celoso y hay que darle las veinticuatro horas, pero hay tiempo para todo.La cornada «Siempre está ese pensamiento: ‘Me puede coger y hacerme mucho daño, o matarme’. Pero si está para mí, está para mí, y si no, no»—¿Alguna vez ha pensado en la muerte?—Siempre está ese pensamiento: «Me puede coger y hacerme mucho daño, o matarme». Pero si está para mí, está para mí, y si no, no. Vivo con ella. Si pensara en ella, estaría cohibido y no podría hacer lo que me gusta.—Mejor el eco de los oles de Madrid. ¿Cómo suenan?—Son preciosos, rotundos… Se me pone la piel de gallina solo de pensarlo. Ninguna plaza ruge como Madrid. Toreando te sientes como Dios. Ver a la gente en pie aplaudiéndote es una sensación única. No te cambiarías por nadie en el mundo. Triunfar en Madrid es hablar con Dios… y que te escuche.—¿El toreo es un arte?—Por supuesto. Lo que haces con el toro es una belleza totalmente diferente. Son sensaciones únicas. En ningún otro espectáculo se hace algo parecido. Es un arte que se expresa delante de un animal. Crear una obra de arte con tu capote y tu muleta es otra dimensión. —El toreo nos salva un poco de la mediocridad del mundo…— Está claro. El toreo es la verdad. En ningún otro espectáculo se vive la vida y la muerte tan de cerca. Al igual que muere el toro, puede morir el torero. Eso es lo que capta a la gente: la verdad de este mundo.—¿Se puede leeer la mirada de un toro?—Los ojos y la mirada son muy importantes. Los hay con seriedad, otros que parecen cabreados, otros con expresión de buena gente. Analizar eso te ayuda a saber cómo va a ser en la lidia.— Cada vez hay más chavales que quieren conocer el lenguaje del toreo. ¿Le alegra ver tanta juventud en las gradas?—Totalmente. En mi última tarde miraba a mi alrededor y era gente joven. Ver a tantos chavales como yo arrimándose al mundo del toro es único. Es porque ven la verdad: en ningún otro espectáculo se ve tanta verdad de la vida y de la muerte. Y eso atrapa.
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