Yo aquí ejerzo de servicio público y por eso veo cosas que ustedes no creerían y que, para desgracia mía (y de mi salud mental y, por poderes, de la de mi psicoterapeuta) no desaparecen como lágrimas en la lluvia. Al revés. Se quedan ahí, incrustadas en mi hipocampo haciendo de las suyas.Hoy voy a hablarles de un programa que no sabía que existía y me gustaría seguir desconociendo. Se llama ‘El sótano club’ y todavía no sé muy bien lo que he visto. Y si vengo hoy a la tecla a hablarles de él es, precisamente, porque quiero advertirles y que, por su propio bien, ni se acerquen siquiera a sintonizarlo y, en cuanto acaben de leer esta columna, lo olviden todo. Háganme caso. Lo presenta Alba Carrillo . He tenido que buscar por qué es famosa Alba Carrillo, pues yo no sé por qué conozco su nombre y su cara. Me chiva la Inteligencia Artificial que es famosa por, cito literal «ser un rostro habitual de la telebasura desde hace dos décadas». Me cae fenomenal la IA porque, como ella no tiene sentimientos, no maquilla la realidad ni la suaviza con base en algún tipo de convención social de cortesía. No la llama «comunicadora», ni «analista», ni «tertuliana» siquiera. No: habitual de la telebasura. Y ahí se lo gestione Alba Carrillo.Alba Carrillo, la chica telebasura, presenta este dizque programa que, tras casi cuatro horas, no sé bien de qué va. Consiste en un montón de gente desconocida por mí (y espero que por ustedes, pues les tengo en alta consideración) gritando mucho y diciendo muchas veces ‘jo, tía’, ‘la verdad, tía’ y ‘muy fuerte, tía’. Parece que la única consigna es hablar a grito pelado, independientemente de lo que se diga, y en pisarse unos a otros con el fin último de que los espectadores no entendamos nada. De vez en cuando, chillan un poco más y aplauden. Entonces intuimos que es porque alguien ha dicho algo que era muy especial, algo como ‘decidimos esperar en un pasillo y era el de la gloria’ o ‘ya viene nuestro amigo Javi la leche Pascual, te queremos Javi’. Cuentan cosas interesantísimas, como que ha comido cocido madrileño y que no le ha gustado porque él no es muy de comerlo por separado y eso le ha decepcionado (uno) o que anoche cenó mexicano y que luego tuvo diarrea (otro). Lo mismo hablan de corazón (la novia de Casillas), que de geopolítica (la crisis de Ceuta), que de monarquía (inicio de curso de la infanta Sofía). Todo con el mismo conocimiento de causa y sin solución de continuidad. He visto salones de peluquería y bares de estación de servicio con mayor nivel de rigor informativo. Mientras tanto, hay gente que entra y sale y pone agua y quita papeles, otros que van en patinete y les cronometran, y luego entrevistan a Rita Maestre. La primera pregunta va directa a la yugular: ¿Cómo estás?. ‘Muy bien’, dice ella, ‘en la batalla madrileña’. El señor de la diarrea le pregunta cómo terminan las asambleas, si se relaja la tensión o no, y la portavoz de Más Madrid cuenta lo que le apetece mientras hablan todos a la vez y aquello sigue pareciendo la taberna de su exjefe. Pero nos queda claro que, en esas asambleas, todos son malos menos ella y los suyos. Cuando termina, siento lo mismo que al apagar el extractor de la cocina. ¿Vacío existencial? ¿Hambre? ¿Desolación? No. Alivio. Un amable, tibio y acogedor alivio rodeado de silencio. Como si tras la batalla final acabase de descubrir que sigo teniendo piernas y ha caído el enemigo. Me preparo un café calentito (con leche, sin azúcar), me acerco a la ventana (tengo que limpiar los cristales), miro con nostalgia a la lontananza (fuera llovía). Y pienso: esto no se paga con dinero.
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