Fiel a su forma de gobernar y su voluntad de dividir el mundo en buenos y malos, Pedro Sánchez convirtió la convocatoria de elecciones en un mitin electoral. No hubo sorpresa en una decisión que había anticipado en el Congreso cuando el pasado viernes advirtió a la oposición: «La historia les juzgará antes de lo que creen». Sin mayoría parlamentaria, acorralado por la corrupción, con un calendario judicial letal, sin resolver la crisis de Ceuta y con unos servicios públicos que se deterioran cada día que pasa, Sánchez ha decidido jugárselo el todo por el todo el 29 de noviembre. No hace falta decir que ha encontrado en las movilizaciones por la vivienda una oportunidad para ir a las urnas con un relato del que carecía.Al igual que en el video que grabó el pasado jueves y que en su intervención de última hora en el Congreso, Sánchez presentó las elecciones como un plebiscito en el que los españoles tendrán que elegir entre la involución, la vuelta al pasado y la defensa de los privilegiados que representa la derecha y él, que encarna las fuerzas del progreso, de la igualdad y la razón.No son, según su discurso, unos comicios para elegir 350 diputados en un sistema parlamentario sino una elección entre el bien y el mal porque Sánchez es quien se atribuye la potestad de decidir en qué lado se sitúa cada ciudadano. Sólo los que piensan como él entran dentro de la primera categoría.Sánchez ha resucitado el nacionalcatolicismo. Quienes votan a la izquierda y comparten su visión del mundo actúan con criterios éticos encomiables y demuestran su bonhomía. Quien no aprueba sus recetas, merece ser condenado al infierno. Ahora ir a misa y votar al PP es pecado. Lo que todos debemos hacer es apoyar los decretos de vivienda del Ejecutivo y la extensión de los derechos de nacionalidad porque eso es lo políticamente correcto, lo que se debe hacer en conciencia. Y nuestra conciencia se llama Pedro Sánchez, que predica desde su pulpito de La Moncloa y concede las bulas de perdón de los pecados y salvación del alma.Al escucharle, cualquiera diría que lleva ocho meses gobernando, pero lleva ocho años en los que no ha hecho absolutamente nada para resolver el problema de la vivienda. Los datos del Banco de España indican que hay un déficit de 700.000 casas pese a sus reiteradas promesas de construir viviendas que ha incumplido sistemáticamente. En los ocho años de Aznar, se construyeron medio millón. En el mismo periodo de Sánchez, 80.000, a lo que hay que sumar 270.000 desahucios. Y ahora se presenta como el líder que va a resolver el problema que él ha creado con su inacción y sus errores.Le ha faltado tiempo para anunciar que sacará adelante los dos decretos rechazados por el Pleno del Congreso en la Diputación Permanente, donde sí tiene mayoría, lo que constituye un fraude de libro, un abuso de poder que ni siquiera Conde Pumpido podría convalidar.Y ello mientras las organizaciones que promueven las protestas y las acampadas anuncian una insólita huelga general contra la oposición, lo que revela que quienes legítimamente salieron a la calle para protestar por la situación han perdido el norte y se están dejando utilizar por Sánchez.No es el momento ni hay tiempo para enumerar las contradicciones y los incumplimientos de promesas de Sánchez. Baste mencionar sus vergonzosos pactos con el independentismo catalán y la ley de amnistía, la mayor infamia política de un Gobierno desde la restauración de la democracia.No sabemos si la apuesta que acaba de hacer le puede salir bien. Es muy difícil, pero no imposible. Lo que hay que reconocerle es que es un hombre que jamás tira la toalla y que no tiene miedo a los retos y a las dificultades. Queda también por saber si Feijóo será capaz de articular un programa que ilusiones al electorado y que ponga las bases para una regeneración ética y democrática que los abusos de Sánchez han hecho necesaria.
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